22/11/07

Emoción

"De pie en el suelo desnudo - mi cabeza bañada por el aire ligero y exaltada al espacio infinito-, todo mezquino egotismo humano se disipa. Me convierto en un ojo transparente; no soy nada; veo todo; las corrientes del Ser Universal circulan a través de mí; soy parte o parcela de Dios..."

Emoción es lo que algunos de nosotros podremos sentir al leer esta experiencia de Emerson citada en el libro de Robert Rosenblum "La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico" porque, ¿quién no la ha tenido alguna vez?

La Fudación Juan March expone hasta el 13 de Enero obras de algunos de los artistas que seleccionó Rosenblum para construir otra historia del arte moderno de esencia "metafísico/religiosa", concentrada en la experiencia individual de la "nada", el "vacío", la infinidad y el "espíritu". Una historia de soledad y de enfrentamiento con la abrumadora e incomprensible inmensidad del universo que complementaría a esa otra historia "oficial" del arte moderno que tiene su escenario casi exclusivo en París, y que se muestra más "pintoresca", social y pendiente de la materia (esta iría desde David, Delacroix a Matisse, Picasso).

Una historia que podría ser, como apuntó Ruskin en “Pintores modernos, 1843-1860”, la de una
falacia sentimental. O no...; debo confesar que con algunos de los cuadros (yo he tenido la suerte de encontrarme de frente con Friedrich en la Gemaldegalerie de Berlín), uno cree sentir exactamente aquello de lo que hablaba Worringer para explicar lo que él consideraba “proyección sentimental”: "El goce estético es el goce objetivado de uno mismo. Gozar estéticamente quiere decir gozar de mí mismo, sentirme en un objeto sensible diferente de mí". Es decir, algo muy criticable, sobre todo por aquellos que defienden que es la empatía precisamente lo que hace nublar o anular el verdadero conocimiento. Tendríamos que discutir entonces si el arte produce, o debe producir conocimiento, pero eso... es otro tema.

Rosenblum comienza su historia particular con Caspar David Friedrich y su impresionante y vacío "Monje junto al mar", que dejó estupefacto al publico cuando se expuso por primera vez en la Academia de Berlín en el otoño de 1810, llegando hasta Mark Rothko y sus últimos cuadros (1947-69) muy próximos a la nada.

Experiencias del vacío, la divinidad, lo trascendente. Búsquedas apasionadas de nuevos símbolos, no religiosos, con que expresarlas. Debemos de pararnos a pensar en la intensa empatía que podía sentir el pintor ante un componente inanimado del paisaje (p.e: un árbol) para intentar convertirlo en una presencia sintiente, casi humana. Expresiones de afecto en las ramas entrelazadas, extremos románticos de empatía con la naturaleza, donde las ramas parecen casi los nervios al aire de una criatura suficiente... Toda una tradición que perduró tras la muerte de los grandes paisajistas románticos.

Aparentemente, todos los artistas mencionados en el libro (Friedrich, Turner, Kandinsky, Mondrian, Gotlieb, Rothko) se enfrentaron al mismo dilema: cómo encontrar, en un mundo laico, unos medios convincentes de expresión para aquellas experiencias religiosas o espirituales que antes del Romanticismo habían tenido su cauce en los temas tradicionales del arte cristiano. Pero si profundizamos en cada autor, vemos que no. Las soluciones varían desde la creación de todo un nuevo lenguaje de símbolos religiosos personales -como en los complejos sistemas iconográficos de Blake y Runge-, a la evocación mediante motivos cristianos visibles de Emil Nolde. Pero si nos centráramos en Turner, podríamos escribir otro artículo. Sólo diré que el propio Ruskin que hablaba de falacia sentimental, calificó a Turner como el artista que con más acierto midió las caricias de la Naturaleza. Turner, permitidme, es un genio. Y mira que no creo en el genio. Ni religiones, ni sublimidades, ni espíritu. Fuerza, voluntad y enfrentamiento directo, perfecta analítica de formas efímeras... como ya lo hiciera Leonardo da Vinci en sus dibujos de olas y derrumbamientos.

El sentido de la divinidad en los vacíos ilimitados, donde figuras, objetos y, por último, toda materia quedan excluidos, pertenecen a una tradición romántica nutrida principalmente por artistas no católicos: protestantes, judíos, miembros de religiones más favorables a la presentación de experiencias trascendentales mediante imágenes inmateriales, ya fueran los infinitos tangibles del horizonte, el mar o el cielo, o sus equivalentes abstractos en los inconmensurables vacíos de Mondrian o Newman.

La pregunta con la que empieza el libro es: ¿son las analogías de forma y sentimiento entre el Monje de Fiedrich y un cuadro de Rothko meramente accidentales, o implican una continuidad histórica que los enlaza? ¿No podría decirse que la obra de Rothko y su culminación en la capilla de Houston no son sino las respuestas más recientes al dilema a que se enfrentaron Friedrich y los románticos nórdicos hace dos siglos? Pues aquí, que cada uno opine lo que quiera. Yo pienso que no. Una cosa es la búsqueda de lo sagrado en un mundo profano, la religiosidad, para quien así lo necesite y otra, bien distinta, la conciencia de existir y preguntarse el ¿por qué? de esta conciencia. Algo que conduce, irremediablemente, a la soledad.

No he visto la exposición. Como casi siempre, la March trae obras sobre papel. En principio, no creo que sean representativas de algunos de los autores, pero ya veremos.

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