19/1/08

Desocultación y los zapatos de labriego de Van Gogh


Hace muchos años que leí, una y otra vez, el Diccionario de las artes (Félix de Azúa 1996). Un libro muy recomendable, aunque haga pupa a medio plazo. Por aquel entonces andaba yo buscando el significado de "belleza". Si, una chorrada, pero qué le vamos a hacer. Además, ahora que hablamos sobre lo feo, creo que es necesario ─¿por qué no?─ hablar de lo bello. Nada se comprende con exactitud si no se enfrenta a su contrario. Y sobre todo en esos casos tan especiales en los que lo feo es capaz de "removernos" las entrañas de placer.

Pero no voy a hablar de lo bello, o si, sino del "barrizal" en el que me metió Azúa cuando llegué a la letra "D" de su peculiar diccionario y leí el "significado" (según él) de "deconstrucción" y, posteriormente, el de "desocultación". Ambas palabras me producen una curiosa excitación, la misma que siente un gato asustado cuando se le eriza el rabo, y los pelos del rabo, y los de todo el cuerpo.

Desocultación es un "palabro" que viene a sostener, de alguna manera, el sentido de la obra de Heidegger "El origen de la obra de arte" y que, dicho sea de paso, también tuve el gusto de comenzar a leer gracias a mi Amigo Félix porque la recomendaba al final de la entrada Desocultación. Eso sí, apuntaba que no existía una traducción recomendable de dicha obra, y la que yo tengo del Fondo de Cultura Económica debe ser de las peores. No tengo nada en contra del Sr. Samuel Ramos ─traductor de la edición que tengo en mi poder─, pero si ya me cuesta entender a un mejicano cuando habla, mucho más me va a costar entender cómo traduce un filósofo mejicano la obra de un alemán, y si este alemán se llama Heidegger... pues mucho peor.

Dicho esto, al grano. Lo que llamamos obras de arte, según Heidegger, no son sino apariciones que nos presentan la verdad de las cosas (o de las personas o del cosmos)... ─Ay! Qué dolor─... siempre y cuando entendamos la palabra "verdad" como un desvelamiento o una desocultación. La desocultación devuelve del olvido lo ocultado. Verdad (en griego aletheia) es lo no─olvidado, lo no perdido, lo no─oculto, y por lo tanto es verdadero aquello que se presenta ante nuestros ojos con la luminosidad de la evidencia.

¡Ay!

Sigo con Azúa... En su librito, Heidegger explica cómo el ser auténtico de las cosas se encuentra oculto bajo el velo de la utilidad y de la verdad científica, y cómo esas operaciones a las que llamamos (por inercia histórica) "las artes" son capaces de destruir la cobertura y la ocultación bajo las cuales los entes permanecen en el olvido, para alcanzar la evidencia...

¡Ay!... y entonces, el tronco que dibujaba yo como una posesa... se transformó en nube, mostrándome una sola evidencia: mi completa y absoluta estupidez.

Cuando llegan a la evidencia, los entes desocultados brillan a la luz (schonheit en alemán posee el doble significado de "bello" y "aquello sobre lo que cae la luz") y acceden al mundo, en donde gozan de una especial "objetividad". Sólo los ciegos no los ven.

¡Ay!

Ahora bien, siendo la operación artística el momento de la desocultación, el objeto artístico no puede ser una cosa sino, propiamente, una "obra"... Una piedra es una cosa hasta que el monje budista la elige entre otras diez mil piedras, la estudia durante años tratando de descubrir su base y su cúspide, su lado bueno y su lado malo, y la coloca finalmente en el jardín de piedras del monasterio en la posición exacta, perfecta, inconmovible, en la que puede prestarse a la contemplación y a la reflexión. En ese proceso, la cosa ha pasado a ser obra. La piedra ha desocultado su olvidada y escondida verdad. Ahora ya no es una cosa inane y amorfa, una piedra entre las piedras, sino que ahora es ella misma, claramente diferenciada de las restantes piedras, y muestra a la luz su íntima esencia, su evidencia. El monje no es un artista, es un intermediario entre la ocultación y la luz.

¡Aaaaayyyyyy de mí!

Dicho esto (casi todo, menos las interjecciones y las chuminadas son palabras de Azúa), pasemos a las palabras de Heidegger. No voy a exponer su reflexión sobre la cosa, la cosidad, lo cósico y la cosidad de la cosa... y los palabros que aparecen en puro griego sin traducir porque nos podemos volver locos (como, de hecho, se vuelve el traductor y yo misma con él). Iré al grano; esto es, a su análisis del cuadro de Van Gogh "Zapatos de labriego". Las "rarezas" del texto, nos hacen ver lo curioso de esta traducción de Heidegger.

"Escojamos como ejemplo un útil bien corriente: un par de zapatos de labriego... Escojamos un cuadro de Van Gogh, que pintó más de una vez tales zapatos. Pero ¿qué tanto hay que ver en estos? Todo el mundo sabe lo que constituye un zapato... El ser del útil en cuanto tal consiste en servir para algo... La labriega lleva los zapatos en la tierra labrantía. Aquí es donde realmente son lo que son. Lo son tanto más auténticamente, cuanto menos al trabajar piense la labriega en ellos, no se diga los contemple, ni siquiera los sienta. Los lleva y anda con ellos. Así es como realmente sirven los zapatos... Mientras, en cambio, no hagamos más que representarlos en general un par de zapatos, o incluso, que contemplar en el cuadro los zapatos que se limitan a estar en él vacíos y sin que nadie los esté usando, no haremos la experiencia de lo que en verdad es el ser del útil. En el cuadro de Van Gogh ni siquiera podemos decir dónde están estos zapatos. En torno a este par de zapatos de labriego no hay nada a lo que pudieran pertenecer o corresponder, sólo un espacio indeterminado. Ni siquiera hay adheridos a ellos terrones del terruño o del camino, lo que al menos podría indicar su empleo. Un par de zapatos de labriego y nada más. Sin embargo... En la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos de la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que se cae... bla, bla y bla. 148 páginas de libro.

Ayer me preguntaba un amigo ¿qué tenía Van Gogh? ¿por qué sus cuadros son considerados tan... magistrales?, o algo así.

Yo no puedo responder con honestidad a esa pregunta en un par de frases, ni siquiera en una hora de charla o con un pesado ladrillo. Podría timarlo, exponiendo pomposamente cualquier "hermosura" de las que dicen los libros, pero para eso están los libros, no los amigos. Y p
ara ser honesta, solamente diría que no me gusta la pintura de Van Gogh, pero que una vez, me creí toda esta historia y, lo que es peor, la somaticé.

Respecto al fenómeno "Van Gogh pintando unos zapatos"... afirmo, y me juego las dos orejas, que Heidegger, la traducción mejicana y Azúa... y, por supuesto, yo misma... se la traían bastante floja al pobre... ¡Ay! Diría él... o quizás se emborracharía hasta morir, al ver el precio que sus cuadros tienen hoy.

2 comentarios:

baranda dijo...

Estoy de acuerdo en dos cosas: Heiddeger traducido por un mejicano sólo puede ser inteligible para un mejicano que hable alemán. Y, efectivamente, yo también creo que Van Gogh se pillaría un cebollazo del quince si supiera la que se ha montado alrededor de sus pinturitas. No sé por qué, no me lo imagino yo discutiendo sobre la cosificación de sus cosas.

koko dijo...

La supuesta inutilidad del arte... Estamos convirtiendo el arte en un campo de juego para desarrollar nuestras preocupaciones existenciales. Y esa "profanación" presupone transformar la naturaleza del arte de modo radical. El caso de van Gogh es particularmente explícito: un tipo pasado de revoluciones, trabajando sin ninguna expectativa de utilidad práctica... Creo que J. A. Ramírez decía que le valoramos porque fue "el último romántico". ¡Y una mierda! Le valoramos porque desde él es fácil construir a posteriori la historia del arte del siglo XX y eso le convierte en objeto de interés para coleccionistas oficiales (historiadores y críticos) y privados (inversores y diletantes). De ahí surge la mitificación y, por supuesto, la mistificación de la que nos alimentamos espiritualmente...