27/2/08

Dándole vueltas al bocata de mortadela...

Aquí dejo este texto de Paul Valéry que, de alguna manera, profundiza en esa sensación de la que hablaba en el post sobre Queneau: una especie de estupor o coma físico que sentimos ante ciertos “paisajes”, “obras”, lo que sea... Como veréis (o no), nada tiene que ver lo que dice Valéry con lo que digo yo. No porque esté yo en desacuerdo con lo que dice el poeta en su texto (que si), sino porque he dicho que “de alguna manera” profundiza en lo mismo. Pero no exactamente en lo mismo, ja, ja...

Solamente importa una frase del final, pero para entenderla, hay que leer el texto íntegro: “En particular, lo que llamamos una “obra de arte” es resultado de una acción cuya meta finita es provocar en alguien desarrollos infinitos”.

Precisamente en esto, no estoy de acuerdo. Y lo dejo así. Habría que matizar mucho... Pero lo curioso es que el libro del que hablaba el otro día, Flores azules de R. Queneau, y lo que en mí provocó, queda muy lejos de lo que dice Valéry. En general, las obras de arte (literatura, música, pintura, etc...) que me llenan, me completan, me enseñan... me nutren, no me provocan desarrollos infinitos. Más bien me provocan efectos tendencialmente finitos. Como dirá el propio Valéry. Entonces me pregunto yo ¿Qué diferencia existe entre disfrutar y saciarse con un bocata de mortadela Valle y disfrutar y saciarse con un cuadro o una novela?... Ambos me alimentan...

Ahí queda. Y aquí el texto.

“La mayor parte de nuestras percepciones suscitan en nosotros, cuando suscitan algo, aquello que se precisa para anularlas o al menos intentarlo. Ya mediante un acto, reflejo o no, ya por una especie de indiferencia, adquirida o no, las cancelamos o lo intentamos. Respecto a ellas hay en nosotros una tendencia a volver lo antes posible al estado en que nos hallábamos antes de que se nos ofrecieran o impusieran: parece como si el asunto principal de nuestra vida fuera devolver a cero algún ignorado índice de sensibilidad, y traernos por el camino más corto un máximo de libertad o disponibilidad de nuestro sensorio.

Este tipo de efectos de nuestras modificaciones perceptivas que tienden a acabarse junto con ellas son tan diversos como pueden serlo éstas. De todos modos se los puede reunir bajo un nombre común, y decir que el conjunto de efectos tendencialmente finitos constituye el orden de las cosas prácticas.

Pero hay otros efectos de nuestras percepciones que son todo lo contrario: excitan en nosotros deseo, necesidad, cambios de estado tendentes a conservar, reencontrar o reproducir las percepciones iniciales.

Si alguien tiene hambre, el hambre le hará hacer lo necesario para quedar anulado cuanto antes; pero si el alimento le resulta delicioso, ese deleite querrá durar en él, querrá perpetuarse o renacer. El hambre nos apremia a acortar una sensación; el deleite, a desarrollar otra distinta. Y ambas tendencias se harán enseguida lo bastante independientes entre sí como para que ese hombre aprenda a refinar su alimentación y comer sin hambre.

Cuanto he dicho del hambre se extiende fácilmente a la necesidad de amor; y por lo demás, a todas las clases de sensación, a todos los modos de la sensibilidad en los que pueda intervenir la acción consciente para restituir, prolongar o acrecentar aquello que la mera acción refleja parece hecha para abolir.

Vista, tacto, olfato, oído, movimiento y habla nos inducen de tiempo en tiempo a demorarnos en las impresiones que nos causan, a conservarlas o renovarlas.

El conjunto de tales efectos tendencialmente infinitos que acabo de aislar podría constituir el orden de lo estético.

Para justificar y dar un sentido preciso a este término, infinito, basta recordar que en ese orden de cosas la satisfacción hace renacer la necesidad, la respuesta regenera la pregunta, la presencia engendra la ausencia, y la posesión el deseo.

Mientras que en el orden que he llamado práctico alcanzar el fin hace que se desvanezcan todas las condiciones sensibles del acto (cuya misma duración está como reabsorbida, o apenas deja un recuerdo abstracto y sin fuerza), en el orden estético sucede todo lo contrario.

En este “universo de sensibilidad” la sensación y su espera son de algún modo recíprocas, y se buscan una a otra indefinidamente tal como en el “universo de los colores” los complementarios se suceden y permutan a partir de una fuerte impresión de la retina.

Esa especie de oscilación no cesa por sí misma: no se agota ni se interrumpe a no ser por alguna circunstancia ajena – como la fatiga – que la aniquile, cancelando o difiriendo su reinicio.

La fatiga, por ejemplo, viene acompañada por una merma de la sensibilidad a la cosa que al principio era deleite o deseo: se hace preciso cambiar de objeto.

El cambio se vuelve deseable por sí mismo: la variedad se hace necesaria como complemento de la persistencia de nuestra sensación, y como remedio a la saciedad resultante del agotamiento de unos recursos finitos, como los de nuestro organismo, requeridos por una tendencia infinita, local, particular; en tal caso, seríamos un sistema de intersección de funciones – que tendría una de sus condiciones necesarias en la interrupción de cada actividad parcial.

Para poder seguir deseando hay que desear otra cosa; y la necesidad de cambio se introduce así como índice del deseo de deseo, esto es, deseo de cualquier cosa que se haga codiciar.

Mas si el suceso no se reproduce, si el medio en que vivimos no nos ofrece prontamente un objeto digno de tal desarrollo infinito, nuestra sensibilidad se excita para producir por sí misma imágenes de lo que quiere, como la sed engendra ideas de bebidas maravillosamente frescas...

Estas consideraciones tan simples permiten separar o definir con bastante nitidez ese ámbito surgido de nuestras percepciones y constituido enteramente por relaciones internas y variaciones de nuestra sensibilidad que he llamado el orden de lo estético. Pero el orden de las tendencias finitas, el orden de lo práctico que es el de la acción, se combina con éste de no pocas maneras. En particular, lo que llamamos una “obra de arte” es resultado de una acción cuya meta finita es provocar en alguien desarrollos infinitos. De donde cabe deducir que el artista es un ser doble, pues combina las leyes y medios del mundo de la acción con miras a un efecto que es producir el universo de la resonancia sensible. Se han hecho cantidad de tentativas para reducir las dos tendencias a una de ellas: la Estética no tiene otro objeto. Pero el problema sigue intacto”.

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