7/9/08

La dama de blanco. Wilkie Collins (1860)


William ‘Wilkie’ Collins puede y debe ser presentado como el inventor de la novela de intriga y policiaca (o de detectives), el maestro de la vicisitud, la patética zozobra y los desenlaces imprevisibles, como diría Borges, rey indiscutible del folletín y la novela misteriosa… Experto creador de incidentes, agitaciones y tensiones, Collins demuestra una inmensa habilidad para mantener al lector con el alma en vilo, víctima de la incertidumbre e intranquilo, sumergido en las profundidades de un misterio inquietante y perfectamente construido cuyo desenlace cree adivinar a cada momento pero no consigue descubrir hasta las últimas páginas.

También puede ser presentado con unos cuantos números. Publicó por entregas (con objeto de llegar a mayor número de lectores) en la revista de su amigo Charles Dickens All the year round sus dos grandes obras La dama de blanco y La piedra lunar, entre noviembre de 1859 y agosto de 1860 y entre el 4 de enero y el 8 de agosto de 1868 respectivamente. Diez días antes de que se publicara el desenlace de La dama de blanco en la revista de Dickens, apareció la primera edición de la novela en tres volúmenes, agotándose ese mismo día y en una semana la segunda edición. El éxito fue tal que La dama de blanco cerró el año 1860 con siete ediciones y una pequeña industria de objetos (perfumes, capas, sombreros…) que llevaban su nombre. Así que quizás no estamos hablando más que de dos best seller victorianos o interminables folletines muy bien estudiados para atrapar al gran público. O no tanto. Quizás solamente fuera, talento.

Wilkie Collins, además de prolífico escritor de novelas, historias cortas, teatro y biografías, fue un vividor y un soltero empedernido que disfrutó de varias amantes y tuvo tres hijos. Padecía una artrosis que le hizo adicto al opio (lo tomaba en forma de láudano), lo cual le provocaba ilusiones paranoicas que, según cuentan, le hacían olvidarse hasta de lo que había escrito. Quizás su larga enfermedad, los efectos del opio y otros excesos, provocaron un descenso de calidad en su obra y el olvido de la misma.

Así que, podríamos pensar que las dos obras maestras de Wilkie Collins no fueron más que fuegos artificiales. Entonces, ¿por qué le he presentado como un maestro?, porque La dama de blanco y La piedra lunar no son más que la punta del iceberg; dos obras totalmente excepcionales aisladas en el tiempo, dos joyas preciosas que permanecen en ese raro olimpo de lo bello. ¿Quién era uno de los autores de cabecera de Alfred Hitchcock?, ni más ni menos que Wilkie Collins. ¿Quiénes admiraron su obra?, autores de la talla de Borges y Elliot. La técnica desarrollada por Collins no solo ha alimentado a Hitchcock sino a Henry James y quien sabe cuantos más. Los personajes de James se quedan pequeñitos al lado de los de Collins, la famosa estructura del Drácula de Stroker pierde originalidad frente a la de las novelas de Collins. Sir Arthur Conan Doyle pierde categoría a su lado… Porque Collins vivió antes, y todos los demás mamaron de su obra.

Gracias a la admiración de todos los que vinieron después (dicen que Borges lo rescató del olvido), su obra, y en particular La dama de blanco y La piedra lunar, son consideradas obras maestras que inauguran un género, un estilo y un método. Pero nadie lo ha hecho como Wilkie Collins. Yo no sabía nada de todo esto cuando leí hace más de un año La piedra lunar; tampoco lo sabía hace un mes, cuando comencé a leer La dama de blanco. Y la simple reflexión me ha llevado a pensar que todos aquellos a los que admiro: Henry James, Conan Doyle, Bram Stroker… han tenido que conocer, necesariamente, los textos de Collins. Y no es que esto les quite mérito, pero algo hace.

La estructura de estas dos obras de Collins es epistolar y la narración a distintas voces. Todos los personajes implicados en la trama o el misterio nos relatan su experiencia y al mismo tiempo se definen tanto por lo que hacen como por lo que dicen y cómo lo dicen. Todo un reflejo de una sociedad victoriana que parece caer en picado, o mostrar su cara más absurda.

En La piedra lunar, los diferentes narradores han participado en un mismo episodio en el tiempo y ofrecen su visión del mismo. La excusa argumental que motiva a los personajes y al desarrollo de la historia es una estupidez, la desaparición de una piedra preciosa y preciada por una extraña comunidad. Todo un macguffin al más puro estilo Hitchcock. Los protagonistas contarán su versión de un mismo acontecimiento, tal y como ellos lo han vivido, desde su punto de vista, contribuyendo de esta manera en la resolución del misterio o, al menos, ofreciendo alguna pista que arroje luz sobre el mismo. El misterio, como ya he dicho, es insignificante, pero provoca que a través de las diferentes narraciones aparezca el carácter, la forma de ser, la personalidad y el destino de cada uno de los autores, las relaciones entre ellos. Tenemos por lo tanto un mismo suceso narrado a distintas voces y un prodigio de la construcción de personajes y la recreación de ambientes inquietantes (añádasele un sazonador sórdido, melancólico y siniestro).

En La dama de blanco, sin embargo, la historia es lineal, menos detectivesca y mucho más misteriosa, con personajes enigmáticos, víctimas desdichadas, villanos luminosos y desalmados, melancólicos enamorados, mansos siervos, abnegadas esposas y brillantes damas. Todo lo necesario para encajar como buenas piezas dentro de la trama que el autor pretende desarrollar. Las múltiples voces en este caso se van pasando el testigo para que la trama avance permitiendo el desarrollo prodigioso de la misma, con una lentitud aplastante y una descripción de estados, entornos y aspectos singulares de los personajes más que sublime.

Ambas obras tienen personajes memorables, pero las dos principales construcciones de La dama de blanco (el Conde Fosco y Marian Halcombe) me han sorprendido más que Gabriel Betteredge y Rosanna Spearman (las que más recuerdo de La piedra lunar).

Comencé a leer La dama de blanco manteniendo el recuerdo en mi cabeza del relato del mayordomo Betteredge en La piedra lunar. Si ya era difícil estar a la altura, la novela comienza con el relato excesivamente sentimental de Walter Hartright, donde nos cuenta su llegada a Limmeridge y el encuentro con Marian Halcombe y Laura Fairlie. Leí este episodio con cierta lástima, porque sentí que tenía en mis manos un tremendo folletín que solamente se salvaba por un encuentro sorprendente. Eso sí, estaba maravillosamente bien escrito, pero no tanto como La piedra lunar. Sin embargo, la narración que viene tras el preámbulo de Hartright, de la mano de Marian Halcombe es de lo mejor que he leído nunca. La trama adquiere a partir de este momento una diabólica complejidad construyendo una intriga perfecta. Tan perfecta que en más de una ocasión detectamos algún elemento externo o recurso que parece intervenir únicamente por necesidades del guión. Pero el guión no es más que la propia historia así que perdonamos al deux ex machina.

Ahora sí que me encuentro sola. Se que cualquier obra que coja de este autor no me va a producir el mismo efecto de estas dos. Lástima.

Para dejar buen sabor de boca aquí os dejo de gratis un cuento de Wilkie Collins que no he leído, y que tiene buena pinta. La mano muerta.

Además, he encontrado esta web en la que os podréis descargar las dos novelas de las he hablado totalmente gratis (y otras muchas). Wilkie Collins está muerto hace más de 100 años y no creo que le importe. Aunque siempre es recomendable que compréis libros y más en este caso ya que La piedra lunar tiene unas 500 páginas y La dama de blanco 800. Eso sí, están en inglés.

Y para terminar, un poco de música. Un pequeño homenaje a Wilkie Collins y su terrible Conde Fosco. Son dos versiones de Moisés y el faraón de Rossini. En la primera de ellas canta el bajo Samuel Ramey (aunque el sonido no es bueno, merece la pena escuchar a este tipo). En la segunda canta Ildar Abdrazakov.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

"Ahora sí que me encuentro sola. Se que cualquier obra que coja de este autor no me va a producir el mismo efecto de estas dos. Lástima."

Te equivocas. Armadale. Te gustará.

G.

vera dijo...

¿En serio?... :-)

Ahora leo la casa encantada y... no es lo mismo. Quizás me tome un respiro para leer La montaña mágica, je, je... O volver a nuestra tierra con La Regenta (si, no la he leído y la tengo en la pila de pendientes)...

Ya veremos.