21/11/08

Vera en invierno


Hoy voy a darme un homenaje.

Llevo unos cuantos años escribiendo chorradas. Pero de tanto escribir sin sentido, creo que he hallado alguna pista sobre mi peculiar forma de ser. Y digo peculiar no porque yo sea superespecial, que lo soy, sino porque los individuos, todos, somos peculiares. Toda combinación genética, absolutamente toda, es única.

Siempre he deseado transformarme, poco a poco, en algo perfecto, en un cristal o algo así. Y sé que esto es imposible. Los humanos adquirimos reglas y costumbres, y en la actualidad leemos revistas que nos enseñan a ser tal o cual cosa: madres y padres, aventureros, hombres saludables, canallas simpáticos, hedonistas caprichosos, intelectuales, raros, sorprendentes, cinéfilos, viajeros… Todo para transformarnos en “algo” aparentemente estable, sólido. Todo un carácter. Un pijo, un conservador, un cosmopolita, una loca, un pedazo de ejecutivo… Un cristal de prexiglas.

Hay una cosa que me hace gracia. Nadie puede comprender que leas a Kant (por ponerme en un extremo), o mejor dicho, que te interese Kant, o mejor, mejor dicho aún, que ames a Kant, es decir, que quieras profundizar en sus códigos y entenderlos, o sea, descubrir el esquema que operaba en su cerebro y que él intentó objetivar, como buen artista, y, al mismo tiempo, preparar una fuente de croquetas. Una amiga mía me dice: “me encanta ese choque que produce tu actitud”. ¿Qué choque? Le pregunto. “Mujer, comprenderás que resulta extraño que cuelgues un post sobre la melancolía, aludiendo a Aristóteles y elucubrando sobre La montaña mágica de Thomas Mann, para después colgar un estado en Facebook que dicta “Vera haciendo kilos de croquetas” o “Vera haciendo una tortilla”.

Pues bien, Vera, tiene el despacho en la cocina. No porque cocine mucho, que también, sino porque fuma. Y en su casa solamente fuma ella, así que lo hace en la cocina. Escribe y fuma, y bebe cerveza. Y, de paso, hace tortillas y lo que sea menester.

Pero volvamos al tema de escribir. Siempre me ha costado mucho concretar lo que quiero decir. Tengo una forma de mirar al mundo dispersa. El otro día, una persona que a penas me conoce, me hizo un comentario sobre mi misma que me dejó temblando. Las dos cosas más importantes que me ha dicho alguien y que me han ayudado a comprenderme un poco han salido de la boca de personas que a penas me conocían. Curioso. El hecho fue el siguiente: una compañera/amiga de esta persona le dijo esto sobre mí: ¿cómo puede esta persona dedicarse a lo que se dedica sabiendo tantas cosas?, y ella respondió: es una tía muy inteligente, pero muy dispersa.

Lo de inteligente es falso. Soy una bellota. Pero lo de dispersa es bien cierto.

Yo recibí el comentario como un hachazo, obviamente. De nada sirve ser listo si te dispersas, y rápidamente pregunté ¿a qué te refieres con dispersa? (porque más de una vez me han acusado de serlo y esto me jode porque para mí significa, ausencia de concentración; mediocridad funcional a fin de cuentas). Ella me respondió que sabía demasiadas cosas porque me interesaban demasiadas cosas. Eso significaba dispersa. Y también me dijo lo siguiente: “hay personas que tienen un solo fin, y trabajan duramente para conseguirlo, y llegan a él frecuentemente”. Al escuchar el comentario pensé que si yo no había llegado a prácticamente nada (oficialmente hablando) en la vida era porque me dispersaba en trescientasmilcosas. Algo que, por cierto, ya sabía. Pero nunca nadie me había dicho sobre mí algo parecido… Y reflexioné un poco sobre ello. El coste es gordo (socialmente hablando), pero en el día a día, la mochila que llevo a cuestas, aunque pesada, no está podrida. Mi mochila es transparente, por ella pasa la luz y huele a Nenuco… y a veces a Chanel 19. Pero lo más importante es que soy consciente de ella. Me pesa. Otros pretenden esconderla.

Siempre me he acusado a mí misma de andar por las ramas. De cansarme pronto de las cosas. De defraudarme al instante y abandonar. Bueno, no me acuso yo. Me acusa Pepito Grillo. Me soltaron al mundo y me dejaron sola, pensando… y siempre tuve un horizonte claro al que llegar, un camino por recorrer… Pero siempre, en determinado momento, me he apeado del carro por aburrimiento, tedio o fraude. Pepito Grillo me decía “sigue”, y mis carnes me decían “baja”. Siempre he atendido a mis carnes. Prudentemente, por supuesto.

A veces sueño con la frustración. Es sólo una visión, no un fantasma que me persigue. ¿Por qué? Porque resulta que el azar ha ido componiendo mi vida. Me he apeado casi siempre del carro por “comodidad” y debe ser que tengo una antena que me dice… “baja, que no estás a gusto”. Así que yo me bajo y comienzo de nuevo. Me he pasado la vida comenzando cosas y terminándolas cuando lo he creído oportuno. He seguido unos cuantos caminos… y veo tantos como ramificaciones tiene un roble. La vida, es así. No lo que dicen las revistas. No siento frustración real porque dispongo de algunos records que no voy a comentar aquí. No me he apeado de todos los carros.

El otro día hablaba sobre el niño de Marte. Si nos encontramos a un artista, nos gusta leer en su currículo que fue camarero, que vendió cartones, que trabajó como botones… Nos gusta porque eso le hace más genio (gracias a Aristóteles). Si no eres artista (oficial) esa historia nos resulta banal, poco interesante. No vales nada tío. Pero a mí eso ya me da igual. Siempre les digo a todos los artistas que conozco que nunca dejarán de serlo. ¿Qué más da el título oficial? Ser artista es algo muy peculiar. Es como ser deportista. Hay miles de deportistas que no compiten porque no les da la gana. Eso es.

Hablo en plural por respeto, porque a mí lo que me interesa son precisamente “las historias” de cada uno (no el “mote” social). Me encantaría rajar a las personas y que desembucharan lo que son, si es que queda algo de eso en ellas. Creo, firmemente que hay que “escuchar” al cuerpo. A un cuerpo inteligente y respetuoso consigo mismo. Con capacidad de sorprenderse de lo que encuentra en él mismo y de llegar a comprender lo que el entorno produce en él.

Antonin Artaud decía que la vida le producía heridas. La vida golpea suave… y nos dicta cosas. Somos libres de responder a ella. Estamos vivos; la vida no es algo ajeno a nosotros. Solamente tenemos que participar coherentemente y no de forma artificial. Entonces seremos felices. No es fácil; hay que perder mucho tiempo en cosas a priori insustanciales.

Yo, creo, soy feliz.

Aunque traducirme me cueste mucho trabajo y un enorme sacrificio, creo que jamás necesitaré un libro de autoayuda. Quizás escribiría uno. Si fuera capaz de ordenar mis ideas. Cosa que creo, no va a ocurrir nunca.

Volviendo al tema de la escritura y por cerrar el círculo, me cuesta mucho componer un escrito coherente. Sobre todo si debo creérmelo. Tengo que negociar entre mi instinto y el orden y claridad en el texto. Creo, firmemente, que tal como escribimos somos. Sobre todo, si uno escribe poniéndose en lo que escribe. Si transforma esas heridas de las que habla Artaud en objeto, en palabra. Cuando tengo que escribir textos “oficiales” o “políticamente correctos”, a veces, siento como surge el ramaje del roble; siento cómo me enredo. Borro y vuelvo a empezar. Y me voy conociendo.

He gastado muchas horas de mi vida amando a aquellos que escriben con la carne y me la ofrecen como objeto estético. Y todos esos objetos son peculiares. Tanto como los que los parieron.

Por esta razón, siempre que me enfrento a una obra (escrito, pintura, vídeo, foto) que no es real sino aparentemente real, lo sé de un vistazo. Los que responden a las tendencias, a los modos, al “como debe ser”, a la estructura simplificada, a lo digerible, a lo simple (y basto) huelen a eso. Y no me molestan esas cosas; simplemente, no me interesan. Porque soy egoísta y busco, ante todo, ser feliz. Necesito comprenderme, eso es todo. Admito y, es más, disfruto de las tendencias y hasta participo en ellas cuando me interesa. Cuando me interesa. Porque, ante todo, sobre todo, el principal objeto de mi conocimiento soy yo misma. Que para eso estoy aquí conmigo cada segundo. Necesito comprenderme y, a veces, colocarme. A veces, disfrutar. Esto es, saber que existe algo similar a mí misma. Por lejos que esté. Esto es, saber que puedo disfrutar de las cosas con mi carne abierta sin cubierta protectora. Plenamente. Aunque la razón (mi razón) me pegue hachazos y me engañe y me disperse aún más. Esto es. La conozco, sé jugar con ella, pelear a veces… a muerte. Ella forma parte de mí. La razón. Y la carne.
Pepito Grillo me dice: de aquí al fotolog, solo un pasito. Y yo le respondo: Puta.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo creo que lo bueno es ser feliz de vez en cuando, tener esos momentos de reflexión en los que te sientes bien con tus inquietudes y tus demonios.

Dispersa e inquieta, mentalmente ágil, sensata,parlanchina, segura-insegura de su verdad...

El Merodeador dijo...

Yo soy una persona que "apenas" te conoce "a alegrías", y por tanto te digo "Dichosos los dispersos porque de ellos es el reino de la vida", porque quien te dice eso, con seguridad no tiene temas sobre los que dispersar. Mejor disperso que obtuso, que de centrados está el mundo lleno. Quien te conoce no justifica tu dispersión, la envidia. Sigue siendo tan encantandoramente dispersa, a mí personalmente me ecanta. Besos centraditos.

Vera dijo...

Estaríamos apañados si no te encantara, Merodeador. Tu también me gustas mucho. Eres el mejor premio (mucho más que un regalo) que me ha dado la vida. Y todo fue tan azaroso...

Besos, por todas partes.

la burbuja dijo...

muy bonito[si es esa la palabra..] este texto

tan natural, no se
yo no te conozco de nada y aun así.. dispersa o no.. con un tipo de vida u otro.. con unos logros u otros..
lo importante o maravilloso es que eres feliz, y creo que eso es lo más grande que te puede ofrecer la vida por simple que parezca..