6/12/08

¿Que es la vida? Y, de nuevo, La montaña mágica.

La montaña mágica es un libro tan largo, o mejor dicho, roba tanto tiempo, o mejor dicho, es tan “tiempo”…, que se puede permitir bocanadas como esta que hoy dejo aquí (sobre todo, los dos últimos párrafos). Bien es cierto que no es lo mismo leer esto como páginas 399 y 400 de una novela de unas 1000 que parecen 2000 o 3000, que leerlo aquí. Nada que ver. Pero es que me interesa esta reflexión de Castorp a través de los libros que lee sobre lo que es la vida porque creo que es la segunda mejor que he leído nunca. La primera es de Stanislav Lem en uno de los viajes de Ijon Tichi. La tercera es la de Jacques Monod en El azar y la necesidad. La cuarta es de Schrödinger en ¿Qué es la vida?

Antecedentes: El joven Hans Castorp está enamorado, hasta las trancas, de una chica a la que ni siquiera ha tocado y a la que solamente dice buenos días o buenas tardes o buenas noches cuando se cruza con ella. Está enfermo por ella, allí, en las montañas… Racionalmente enfermo. Acaba de visitar al Dr. Behrens con la única intención de ver uno de los cuadros pintados por él mismo que cuelgan de las paredes de sus habitaciones privadas. Es un retrato, es el retrato de ella, y no se parece a ella… tan solo hablan de la mejor parte del cuadro, la piel, la palidez de su escote y el cauce azulado que esconde. El cuerpo. Hans Castorp compra un montón de libros de medicina… quiere entrar bien dentro de ella…

***

“¿Qué era la vida? Nadie lo sabía. Nadie conocía el punto de la naturaleza del que nacía o en el que se encendía. A partir de ese punto, nada era inmediato ni estaba mal mediado en el dominio de la vida; la vida misma, parecía inmediata. Si algo se podía decir sobre este aspecto era lo siguiente: su estructura debía ser de una índole tan evolucionada que el mundo inanimado no tenía ninguna forma que se le asemejase ni remotamente. Entre la ameba y el animal vertebrado mediaba una distancia muy pequeña, insignificante en comparación con la que existía ente el fenómeno más sencillo de la vida y esa naturaleza que ni siquiera merecía ser calificada de muerta, puesto que era inorgánica. Porque la muerte no era más que la negación lógica de la vida; pero entre la vida y la naturaleza inanimada se habría un abismo que la ciencia intentaba franquear en vano. Se intentaba salvarlo por medio de teorías, que el abismo se engullía sin perder nada de su profundidad ni extensión. Con tal de establecer un eslabón de unión llegaron a aceptar una teoría tan contradictoria como que una materia viva carente de estructura, organismos desorganizados, se fusionaban por sí mismos en una solución proteínica, como el cristal en el agua madre, cuando la diferenciación orgánica es la condición previa indispensable y la manifestación de toda vida, y cuando no se conoce ningún ser vivo que no deba su existencia a la concepción de unos padres. El júbilo de los científicos cuando se extrajo el caldo primordial de las profundidades del océano, se tornó vergüenza ante el craso error. Resultó que lo que se había creído protoplasma eran depósitos calcáreos. Así pues, a fin de no detenerse en sus investigaciones y reconocer que era un milagro - pues una vida que se compusiera de los mismos elementos y se descompusiera en los mismos elementos que la naturaleza inorgánica, sin formas intermedias, hubiese sido un milagro-, se vieron obligados a admitir una concepción inicial, es decir, a creer que lo orgánico nacía de lo inorgánico, lo cual, por otra parte, también era un milagro. Se continuaron admitiendo, entonces, grados intermedios y estados de transición, aceptando la existencia de organismos inferiores a todos los que se conocían, los cuales, a su vez, descendían de protoformas de vida aún más primitivas, protozoos que nadie vería jamás, porque eran de un tamaño inframicroscópico; y antes aún del nacimiento de éstos tenía que haberse dado la síntesis de las estructuras proteínicas…

¿Qué era, pues, la vida? Era calor, calor producido por un fenómeno sin sustancia propia que conservaba la forma: era una fiebre de la materia que acompañaba al proceso de incesante descomposición e incesante recomposición de moléculas de proteína de una estructura infinitamente complicada e ingeniosa. Era el ser de lo que en realidad no puede ser, de lo que únicamente se balancea, en precario equilibrio -con placer y dolor a un mismo tiempo- sobre el vértice dentro de este complejísimo y febril proceso de descomposición y renovación. No era materia y tampoco espíritu. Era algo entre las dos cosas, un fenómeno que se hace visible en la materia, como el arco iris sobre un salto de agua, o como la llama del fuego. Sin embargo, a pesar de no ser material, era sensual hasta la voluptuosidad y el asco, el impudor de la materia que se vuelve sensible a sí misma y a sus propios estímulos, era la forma impúdica del ser. Era un secreto y sensual movimiento en la casta frialdad del universo, un mínimo foco de impureza secretamente voluptuoso, de nutrición y excreción, un soplo excretor de anhídrido carbónico y sustancias nocivas de procedencia y naturaleza oscuras. Era el resultado de un proceso de compensación de su naturaleza inconsistente que obedecía a unas leyes intrínsecas, es decir: era la proliferación, el desarrollo, la formación de esa especie de materia esponjosa hecha de agua, proteínas, sales y grasas que llamamos carne y que luego se convierte en forma, en imagen elevada, en belleza, sin dejar de ser, con todo, la más pura esencia de la sensualidad y el deseo. Pues esta forma, esta belleza, no es de naturaleza espiritual como las obras de la poesía y la música; y tampoco se manifiesta a través de un material neutro y objetivo, capaz de representar el espíritu de una manera inocente, como es el caso de la forma de la belleza de las obras escultóricas. Todo lo contrario, se manifiesta y está construida por la sustancia que, no se sabe cómo, despierta la voluptuosidad, por la propia materia orgánica que se organiza y se descompone constantemente, por la carne que desprende un olor…

La imagen de la vida se revelaba a los ojos del joven Hans Castorp, que reposaba mirando al valle cristalino, envuelto en sus cálidas pieles y mantas, en la noche helada, iluminada por el resplandor del astro muerto. Flotaba ante él como una visión, desde algún punto del espacio, una figura fantasmal y, al mismo tiempo, muy real: la carnalidad, el cuerpo, de un blanco mate, con sus múltiples olores y vapores, pegajoso; la piel, con todas sus impurezas y defectos, manchas, papilas, durezas, grietas y zonas rugosas y escamosas; recubierta por los suavísimos remolinos del lanugo”.

La gente se pregunta de donde venimos… y cuando ve de donde venimos encaja con dificultad la idea (por no decir el hecho) de que vamos al mismo lugar. Eso insinúa Castorp en el primer párrafo. “La vida se compone y descompone de los mismos elementos…”. Carbono de ida, Carbono de vuelta… Y calor, ja, ja… Thomas Mann es, sencillamente, genial. No puedo evitar pensar en el viejo Aschenbach muriéndose mientras mira, ansioso de vida, al joven (al niño) Tadzio; recordar como el tinte de su pelo se derrama sobre su rostro maquillado, sudor negro…

4 comentarios:

ipm dijo...

Sobre la misma cuestión indaga Mishima, en otro tono... inmerso en paisajes de colores brillantes y fríos, asoman las flores de los cerezos, insinuando fuerza y vigor, tal vez pasión, pero augura nieve en primavera.

Por allá tal vez el frío nos haga encerrarnos en nosotros mismos, por aquí el viento se lleva el recuerdo cálido del día.

En Ijon Tichi hay algunas referencias mientras se perdía entre una espiral espacio temporal... mientras no sea descendente, todo en orden ;)

vera dijo...

La referencia de Michima, please :-)

La montaña mágica es interminable... hoy creo que voy a colgar otro párrafo ;-)

Besos

ipm dijo...

La versión nipona sobre la voluntad humana occidental:

" > A la larga toda voluntad humana está condenada a la frustración. Es una realidad que las cosas resultan contrarias a nuestras intenciones. ¿Y qué conclusión saca de esto un occidental? Mi voluntad - dice el occidental - es la única fuerza racional implicada, el fracaso viene por casualidad.

> Hablar de casualidad es negar la posibilidad de toda ley de causa y efecto. La casualidad es la única irracionalidad aceptable para la libre voluntad.

> Sin el concepto de casualidad la filosofía occidental de voluntad libre nunca hubiera surgido. La casualidad es el refugio crucial de la voluntad. Y sin ella el mismo pensamiento sería inconcebible, del mismo modo que el occidental no tiene forma de racionalizar los repetidos reveses y frustraciones que tiene que soportar.

(...) Hay una sola forma de participar en la Historia, y es la de no tener voluntad en absoluto, de funcionar sólo como un átomo hermoso y resplandeciente, eterno e inmutable. Nadie debe buscar otro significado en la existencia humana. "

Conversaciones entre Kiyoaki y Honda en "Nieve de Pirmavera", Yukio Mishima...

vera dijo...

Gracias :-)