27/5/09

Sale el espectro. Philip Roth 2007.

Antony Gormley Event Horizon

Leer sin meditar es una ocupación inútil, decía Confucio. No sé yo si se refería a que uno debe meditar sobre lo leído o a que uno debe, además de leer y meditar sobre lo leído, meditar sobre cualquier otra cosa. Porque no es lo mismo. Además, meditar sobre algunas lecturas no creo que merezca mucho la pena. Pero en cualquier caso, a veces, uno lee una cosa y se pone a meditar sobre otras muchas que quizás no tengan nada que ver con lo leído. Tan extrañas y particulares son las imágenes que crea nuestro cerebro, tan extraño es él mismo y la experiencia, tan extraño resulta el mundo que vemos y aprehendemos cuando lo comparamos con el que otros ven…, tan extrañas son las reacciones de los demás ante las mismas frases y los mismos cuentos, tan estrictamente diferentes y ajenas a mí…

…Bien es cierto que tengo algo de sueño y, más que probable, legañosa mielina, pero insisto, cada experiencia es (o no) un estímulo que abre un recuerdo (un registro). Y entonces, dependiendo de lo que guardamos en la caja (los sesos), sale la sorpresa. Cuando uno lee encuentra sorpresas, y éstas son particulares e intransferibles (por más que servidora se empeñe en transferir las suyas a un espacio como éste).

¿Cuántas veces os han hecho un regalo con bso “sorpresa” y habéis pretendido ocultar tras un velo de fingido entusiasmo la parca mirada?.. Algunas, seguro. Yo bastantes. Y con la edad (además) la probabilidad de sorprenderse tiende a cero, igual que los momentos de pasión (no la probabilidad de apasionarse, que permanece intacta, aunque nos joda), igual que el tiempo, igual que el horizonte de eternidad que se transforma en un punto de fuga hacia el infinito (o sea, ninguna parte), igual que el “todavía no”. Así que agradezco enormemente las sorpresas que sigo encontrando. Son pocas y casi todas subjetivas. Pero siguen siendo sorpresas.

Yo me había quedado en la mielina… Sobre la pérdida de materia blanca trataría este librito (entre otras pérdidas) si fuera verdad que ésta (la materia blanca) tiene que ver con el progresivo deterioro de la memoria.

O no.

No que no tenga que ver ésta (la materia blanca) con el progresivo deterioro de la memoria (que no lo sé), sino que el libro trate solo ese tema. Trata mucho más. No "muchas cosas más", ni "muchos temas más", sino mucho más. Que no es lo mismo.

Sobre el “ya no” trata este libro. Y digo “trata” y no “trataría” porque nada ni nadie (y menos un científico o médico) tiene que demostrarme que el “ya no” existe o es verdadero. Qué bien lo dice Roth y qué bien lo siento yo: “¿Qué podría decir yo, un exhausto ‘ya no’ sin la confianza en la seducción ni la capacidad para la actuación, para hacerla vacilar? Lo único que me quedaba eran los instintos: querer, anhelar, tener… Nathan Zuckerman ya no tiene la totalidad de sus funciones mentales ni su virilidad ni su continencia. Su antiguo compañero George Plimpton ya no está vivo. E. I. Lonoff ya no tiene su gran secreto, si es que realmente ha existido tal secreto. Todos nosotros somos ahora unos “ya no”, mientras que la excitada mente de Richard Kliman cree que su corazón, sus rodillas, su cerebro, su próstata, el esfínter de su vejiga, todo su cuerpo es indestructible y que él, y solo él, no está en manos de sus células. Creer tal cosa no es un gran logro para quienes tienen veintiocho años, ciertamente no lo es si saben que están llamados a la grandeza. Ellos no son unos “ya no”, no pierden facultades, no pierden el control, no se ven vergonzosamente desposeídos de sí mismos, marcados por la privación y experimentando la rebelión orgánica emprendida por el cuerpo contra los viejos; ellos son “todavía no”, sin la menor idea de la rapidez con que las cosas se tuercen.”

He leído hoy mismo que alguien apuntó que el “motivo inspirador” de la novela de Carlson McCullers El corazón es un cazador solitario había que buscarlo en la Eroica, tercera sinfonía de Beethoven; y que alguien juró sentir cómo la autora había “oído el mundo entero y después lo puso por escrito”, como si se tratara de un milagro.

Alguien creyó sentir cómo ella escuchaba.

¿Y qué decir entonces sobre los temas o las cosas de las que trata una novela? Temas como la rebeldía del ser humano contra su aislamiento interior y la necesidad que siente de una expresión personal lo más plena posible. Temas como la armonía imposible entre la pérdida del cuerpo y la permanencia de los instintos. ¿Cómo se representa la insuficiencia anímica y física compartiendo espacio con el ansia y el deseo en estado puro?... Los temas, pueden o no presentarse de forma evidente en el libro. A veces subyacen tras la membrana externa. Por eso definiciones como las que pueden leerse en los medios oficiales, me irritan. No pego aquí el texto publicado en un famoso dominical porque paso, pero si hubiera leído el segundo párrafo del artículo (que no pienso linkar) antes de leer la novela, probablemente hubiera cesado mi impulso.

Esto me hace dudar, una vez más, sobre mi salud mental. ¿Será cierto que estos periodistas ven eso en la historia? ¿Esas simplezas, esas memeces? ¿Será cierto que las personas se quedan solamente con “la historia”, con la superficie aceitosa?

Pues yo no. Me identifico perfectamente con el espectro de 71 años que ya no interviene en la vida. El puede; yo siento lo mismo (que no intervengo), pero no puedo escaquearme, de momento. No soy escritora famosa como él, no soy hombre como él ja, ja… Así que sufro más que Nathan.

Pero, a parte de todo esto, la novela es un regalo de estilo, incluso de teoría para petardos. Podríamos hablar de metaliteratura, metalinguística... mmmm qué placer… metanovela… si, novela dentro de novela dentro de novela dentro de novela… Philip Roth maneja el lenguaje (y su traductor, of course) de puta madre. Y escribe una novela reflexiva. Y dentro de la novela imagina otra; se imagina haciendo otras cosas, y las escribe. La vida, y la memoria, y el cuerpo, y el deseo. Y así se escribe la vida, caja sobre caja. Tal y como lo hace este hombre, con un estilo depuradísimo y, a buen seguro, manido. Pero sin “metas”. Los “metas”, para los petardos.

Y lo que decía en el post anterior: el deseo, la aventura, lo imaginado objetivado y más real - quizás- que lo realmente vivido.

De regalo, la Eroica y otro comentario sobre el texto de Roth seguramente mucho más nutritivo que el mío (de otro blog, no de un medio oficial). Añado que es la primera novela que leo del autor y mis impresiones aquí registradas pecan del entusiasmo y efervescencia de esa “primera vez”.

Ah, y una frase que dice mucho de la novela. O, al menos, me lo dice a mí:

“Una mujer que ha vivido cincuenta años recordando cuatro… toda una vida definida por esa circunstancia”.


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