13/1/10

Desvergüenza


Llevo un tiempo leyendo cosas que no me provocan. Ningún agujero en el camino para colar mi pie accidentalmente y dislocarlo. Ausencia de dolor y excitación.

Pero justo a tiempo -y en ese momento en el que ya ni lluvia, nieve, resto de precipitaciones y movimientos de aire congelado invita a mi cuerpo a transformarse en coctelera- aparece Coetzee (bueno, no aparece, yo misma elegí el librito) para animarme la vida un poco.

En estos momentos leo Mecanismos internos (Ensayos 2000-2005), obra que recopila reseñas de libros e introducciones literarias del profesor de literatura en la Universidad del Cabo, traductor, lingüista y crítico literario… además de escritor y Premio Nobel de Literatura en 2003. Es una muestra de la propia voz de Coetzee y de una esperanza: que esta voz arroje luz sobre la obra de los autores. Pero no cualquier luz….

Tan sólo he leído el capítulo sobre Italo Svevo (soberbio), y comienzo el de Robert Walser del cual dejo el inicio. Y sobran las palabras.

El día de Navidad de 1956, la policía de la ciudad de Herisau, al este de Suiza, recibió una llamada: unos niños se habían tropezado con el cuerpo de un hombre muerto por congelación en un campo nevado. Cuando llegó a la escena, la policía primero tomó fotografías, luego retiró el cuerpo.

El difunto no tardó en ser identificado: era Robert Walser, de setenta y ocho años de edad, que había desaparecido de un hospital mental de la zona. En su juventud, Walser se había forjado una cierta reputación, en Suiza y también en Alemania, como escritor. Algunos de sus libros todavía estaban en catálogo; alguien, incluso, había publicado un libro sobre él, una biografía. Sin embargo, durante el cuarto de siglo que había pasado en instituciones psiquiátricas, su propia escritura se había agotado. Dar largos paseos por el campo -como aquel durante el cual murió- había pasado a ser su principal entretenimiento.

Las fotografías de la policía mostraban a un anciano ataviado con un abrigo largo y botas, despatarrado sobre la nieve, los ojos totalmente abiertos, la mandíbula floja. Estas fotografías se han reproducido amplia (y desvergonzadamente) en la literatura crítica sobre Walser que ha florecido desde la década de 1960. La denominada “locura” de Walser, su solitaria muerte y el tesoro de escritos secretos descubiertos después de su fallecimiento se convirtieron en los pilares sobre los cuales se erigió la leyenda de Walser como un genio escandalosamente olvidado. Incluso el creciente interés por Walser se convirtió en parte del escándalo.

“Me pregunto -escribió Elias Canetti en 1973- si entre todos aquellos que construyen su ociosa, segura, rígida y regular vida académica sobre la de un escritor que había vivido en la angustia y la desesperación, hay alguno que se avergüence de sí mismo.”

3 comentarios:

Alp dijo...

El creador es un genio divino; sus apologetas, sacerdotes. Y gracias a las debilidades humanas (a los miedos y las angustias), es socialmente más gratificante ser fraile que lego. A cada creador le corresponden cien mil sacerdotes que viven de mercadear con sus reliquias... No lo dijo Simone de Beauvoir, pero como si tal.

Vera dijo...

El texto de Canneti cierra bien. Pero no he transcrito la intro de Coetzee por lo que dice Canetti sino por la forma en la que Coetzee se acerca al personaje del cual está hablando. En el libro habla de Benjamin (poniéndole un poco a caldo, lo cual me resulta muy gratificante), de Musil, de Beckett… y es la aproximación a todos ellos, la forma de integrar detalles de la obra de estas personas, de su lenguaje, con su vida, lo que me maravilla (de Coetzee). Es un puto genio y, además, un tío cultísimo y creo que muy listo. Pero, sobre todo, comedido.

En este caso me gustó la palabra “desvergonzadamente” porque yo considero que la mayoría de los periodistas (unos más que otros) son unos sinvergüenzas. Bueno no, los pagan empresas cuyos dueños o accionistas son unos sinvergüenzas. Bueno no, los humanos (todos) que disfrutamos con esas imágenes que roban momentos íntimos de sufrimiento a personas que no han autorizado a nadie para tal ratería, somos unos sinvergüenzas…

Me gustó porque es una palabra muy adecuada para perfiles carroñeros. Y si algo me irrita son los carroñeros.

Me gusta como escribe Coetzee porque dice lo justo para dejar claras tantas cosas… La disertación sobre Benjamin la escribiría entera. Cómo deja al tipo… y con una sutileza aplastante. No querría caer yo bajo la pluma de Coetzee, no.

Aclarado esto sobre la desvergüenza, creo que el párrafo de Canetti adquiere otro sentido, ¿no?...

Alp dijo...

Puedes dar cuantas vueltas desees... ¿Desvergüenza? si no entiendo mal el objeto del análisis (no he leído el libro), para la situación mencionada, también cabría emplear otros términos: mezquindad, parasitismo, prepotencia... Francisco Pérez González (Pancho), acreditao editor (Santillana) decía: "Jamás hay que olvidar que el libro es del editor".

Por lo demás... suscrbo lo que dices, tanto por lo conocido como por lo desconocido; por lo conocido, la coincidencia es absoluta; por lo que no he leído... en estos asuntos mi confianza en tus juicios es total. Ya sabes que no sucede lo mismo con el cine ; )