4/2/10

Sensualidad, Baco y Schulz


Cómo no, estoy buscando como loca a algunos de los autores de los que habla Coetzee en Mecanismos Internos. Ya comenté aquí su entrada sobre Bruno Schulz. Y ahora, viene una trascripción de regalo ya que encontré la obra completa editada por Siruela en 1993. Consideremos, no obstante, que Schulz escribía en polaco, y esperando que la traducción de Juan Carlos Vidal sea directa del polaco, no olvidemos que la “interpretación” es de Juan Carlos Vidal.

Las tiendas de color canela.
Agosto (Pág 27-28).

Bruno Schulz. Obra completa. Siruela 1993.

En julio, mi padre solía irse al balneario y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a la voluntad de los días veraniegos abrasadoramente blancos y alucinógenos. Ebrios de esta luz, hojeábamos el gran opúsculo de las vacaciones cuyas hojas ardían resplandorosamente y ocultaban en su fondo la pulpa de peras doradas, dulces hasta el desmayo.

Adela volvía en las mañanas luminosas cual Pomona de fuego de día acalorado y vertía en su cesta la belleza policromada del sol, las cerezas brillantes, llenas de agua bajo su piel transparente, las guindas misteriosas y negras cuyo aroma superaba su sabor, albaricoques que mecían en sus carnes el quid de las largas tardes; y, al lado de esta poesía pura de las frutas, descargaba también trozos de carne con su teclado de costillas, las algas de las verduras como crustáceos muertos y medusas, material crudo de la comida con ese sabor aún indefinido y yermo, sus telúricos ingredientes con su aroma salvaje y campestre.

Esos días, la oscura cara del primer piso al lado de la plaza Mayor era atravesada por el enorme verano; el silencio de las vibrantes capas aéreas, las baldosas de resplandor que dormían su sueño apasionado sobre el suelo; la melodía del organillo surgida de la veta dorada más profunda del día; dos o tres compases del estribillo interpretado al piano en algún lugar una y otra vez, desmayándose al sol sobre las aceras blancas, perdidas en el fuego del día profundo.

Tras hacer la limpieza, Adela corría la sombra sobre las habitaciones cerrando sus cortinas de hilo. Entonces, los colores bajaban una octava y el cuarto se oscurecía sumido en la claridad del abismo marítimo, reflejado opacamente en los espejos verdes y todo el color del día respiraba entre las cortinas ligeramente ondeantes en los sueños de la hora del atardecer.

Los sábados por la tarde salía de paseo con mi madre. Desde la semioscuridad del recibidor se entraba directamente en el baño solar del día. Los peatones, hollando en el oro, mantenían los ojos semicerrados por el ardor, casi como pegados con miel, y el labio superior subido descubría sus encías y dientes. Y quienes pisaban este día áureo llevaban ese rictus de calor, como si el sol impusiera a sus feligreses la misma máscara de la cofradía solar; y todos los que iban por la calle se encontraban, pasaban unos junto a otros, ancianos y jóvenes, niños y mujeres, se saludaban con esa careta pintada sobre los rostros con una gruesa capa de tizne dorado, exhibían ese rictus báquico, la máscara bárbara de un culto pagano.

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