25/4/10

Corazones y estrellitas de colores.

Hay un capítulo de Bob Esponja en el que se hace “normal”. Las manchas gris verdoso desaparecen de su rostro, sus pupilas migran hacia el centro del ojo virando su mirada hacia una mecánica y permanente alucinación, los dientes se igualan en tamaño y posicionan en una recta cuasi perfecta y, en general, se transforma en un amor de esponja formal y educada de esas que responde a la pregunta “¿Qué tal?” con un “Bien, fenomenal, ¿y tú?”.

Aún consciente de nuestro sometimiento a una permanente desorientación social y cultural que induce a la hipocresía, obediencia y alienación, sigue sorprendiéndome la “común” aversión a lo “normal” que tan sólo llego a comprender como parte del mismo fenómeno cultural y social.

Si. Bob Esponja se transforma en un aburrido ejemplo de esa “sociedad del bienestar” a la que, por supuesto, ninguno de nosotros pertenecemos.

¿?

Si. Eso de salir de casa todos los días a la misma hora, coger el medio de transporte que sea, currar todo el día mientras se comparten diversos gestos teatrales, palabras vacías, sometimiento y estrés…; salir, volver a coger el medio de transporte sin fuerza suficiente para leer, escuchar música o soñar debido a la inercia, descansar en vacío mental hasta que conseguimos volver a respirar; salir, llegar a casa y volver a “activarse” porque otros reclaman tu atención, tener la fuerza suficiente para que esa atención sea la adecuada y no una mezcla de obligación con inercia y deseo de hacer cualquier otra cosa; apagar la luz; comenzar a trabajar en penumbra, de esa manera que solo algunos artesanos saben hacerlo, cocinar, preparar todo para el día siguiente; volver; revisar que todo lo tuyo está en su sitio, dormido, respirando y soñando; encender un cigarrillo, navegar, ver una peli, escribir, escuchar música, leer, dormir; levantarte y verte la cara, sin tiempo suficiente para pensar dónde te has metido, vestirse…; salir, coger el medio de transporte que sea, currar…, …, … Eso, como digo, nadie lo desea.

Ya.

Y llega un domingo cualquiera en el que uno se levanta a las 8:30 de la mañana, prepara el desayuno para uno de los suyos y para sí mismo mientras pone unas lentejas; recoge la cocina, pone una lavadora, quita la ropa ya seca de las cuerdas, atiende a otro de los suyos, prepara el desayuno; recoge la cocina, se lanza al sillón… Besa, una y otra vez los pies de los suyos y vuelve a la cocina, y lo prepara todo para hacer galletas, y baja a la calle mientras otro de los suyos abre los ojos, compra unos corazones y estrellas de colores para adornar las galletas… y se pone a hacer galletas; recoge la cocina, prepara la comida (otra comida), ayuda a vestirse a algunos de los suyos para que bajen a la calle, termina la comida; recoge la cocina y escucha… Escucha las voces de los críos en la calle; es un día primaveral, por fin. Esos ruidos diversos que produce la gente ociosa en un día calmo son los mismos que registró Tatí para sus films Mi tío o Las vacaciones de Monsieur Hulot, los mismos que registró Visconti (más sofisticadamente y lejos de la realidad, quizás) para su Muerte en Venecia… ruidos que se mezclan con los gritos de los míos que me llaman para que baje con ellos… a tomar un poco el sol y a charlar por un instante sobre todo esto que estoy escribiendo.

Porque la única vía que conduce al librepensamiento -a la libertad- es esa. La capacidad de pararse para observar desde fuera y al mismo tiempo desde dentro lo que somos. Desde ahí fuera o desde allá -a miles de millones de años luz- poder observar nuestros movimientos; desde aquí dentro y más allá -a millones de ångströms- poder observar nuestros movimientos.

Eso es todo. Estés donde estés y comas a la hora que comas… qué más dará.

La magia está en sentirse igual en estas circunstancias que “haciendo cosas interesantes de esas que todos intentamos hacer cuando sabemos que somos superespeciales”.

Bueno, no… La verdadera magia está en sentirse… mucho mejor.

2 comentarios:

h.j. dijo...

de acuerdo completo

Dr Zito dijo...

Me ha gustado.