9/6/10

Autobiografía sin vida (Félix de Azúa, 2010)


Leyendo a Félix de Azúa pienso (de nuevo, tras más de 10 años alejada de su obra) en la importancia de escribir. Es una cosa bien simple. Supongo que cualquiera que disfrute con una canción, agradecerá eternamente que fuera escrita. Vuelve a mi mente la famosa frase del marinero: “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”. En efecto, la finalidad de esta Autobiografía sin vida no es presentar al individuo Azúa, sino más bien “conocer a muchos que sin lugar a dudas no coinciden conmigo, pero cantan mi canción”.

Hace más de diez años su Diccionario de las Artes me cambió la vida. No sé si para bien o para mal. Pero habiéndome licenciado en Bioquímica, comencé a leer textos sobre estética, teoría del arte y filosofía como una posesa, terminando por estudiar Bellas Artes. Todo ello para darme cuenta de que jamás me dedicaría profesionalmente al arte, ni con la mente, ni con el cuerpo. Desde entonces, miro de otra manera porque él me ayudó a metabolizar el pasado, presente y futuro de ese fenómeno incomprensible que supone aprehender lo visible con la urgencia de una inspiración ahogada. Sorprenderse de uno mismo y de su historia ante los signos, millones de signos que nos componen y arreglan nuestra identidad. Leí cuatro novelas suyas (Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado, Cambio de bandera y Demasiadas preguntas) pero sólo ahora con esta Autobiografía sin vida, recupero aquello que echaba de menos: reconocerme en sus palabras.

Escribiré otro post sobre este libro cuando lo termine porque lo merece. O quizás cuando lo lea por segunda vez, porque lo merece. Pero no puedo evitar apuntar alguna cosa tras la lectura de la mitad de los capítulos. Es un ensayo sin imágenes que habla únicamente de imágenes. Y de qué manera. ¿Qué necesidad impulsa a los hombres a representar con imágenes - desde fuera - la vida, la naturaleza, la madre tierra, el dolor, el espanto, lo interior…? ¿por qué esta separación definitiva entre nosotros y “todo lo demás” como si no formáramos parte de ello? Desde los trazos de un hombre primitivo en una cueva, hasta el control - y abstracción - del espacio (el de afuera y “este” que es nuestro espacio vital) durante el renacimiento, hasta el Nuevo Orden de la Revolución Francesa y ese Marat caído, nuevo Cristo creado por David… La naturaleza, con todos sus frutos macabros, abstraída en una imagen que definitivamente nos aleja de ella. Crónica de una muerte prolongada y anunciada de esa naturaleza que queremos bien lejos de nuestro imperio de imágenes que nos mantiene alienados en un limbo.

Como ya empiezo a incluir cosas de mi cosecha y no me apetece, voy a pasar directamente a un resumen del inicio de uno de los capítulos del libro: “Últimos demonios sueltos”.

"Cuando cae la tarde, una mujer joven y atractiva (bajo la leve falda de algodón -estamos en mayo- se adivina un muslo perfecto) camina hasta los cerrillos que rodean la periferia de Madrid. Sabe el peligro a que se expone porque no sólo hay grupos de soldados sin mando alguno, sino también (y quizá sean peores) cuadrilla de gañanes agazapados entre altos matojos que esperan degollar a otro francés para ampliar su prestigio entre los mozos del barrio. Si se cruzan en su camino, tanto los unos como los otros la violarán. Quizá con los madrileños salve la vida tras la violación, pero no está garantizado. Es posible que la dejen marchar con la sangre escurriendo por entre las piernas, pero también puede que alivien su vergüenza acusándola de ser una puta de los franceses y le machaquen la cabeza.

No tiene, sin embargo, más remedio que jugarse la vida si quiere conservarla, porque hace ya cinco días que no come. No es extraño, por tanto, que se anime cuando sube las lomas de Príncipe Pío y comienza a divisar lo que otras mujeres le han comentado. Primero tropieza con varios cuerpos despedazados a los que han dispuesto en forma de macabro triunfo. La luz es casi violeta, el sol se pone despacio, las sombras de un brazo, del torso desmembrado, de la cabeza clavada en una rama desmochada le provocan un temblor histérico y está a punto de salir huyendo. Sólo aprieta el paso y un poco más lejos ve lo que andaba buscando. Son cuerpos que cuelgan de los árboles como frutos macabros. No llevarán allí más de cinco o seis días.

Son tres los ahorcados, pero se acerca al primero que es quien cae más bajo y casi roza el murete del patíbulo con sus pies desnudos. Tiene la boca abierta y la lengua hinchada sobresale como una vejiga. Entre los labios arremangados y la escasa luz que mengua deprisa ve la muchacha el brillo del oro. Se empina sobre los finos borceguíes, marca el músculo su grupa perfecta, alza la tenacilla hasta la boca del cadáver y - ¿será pudor o será espanto?-, mientras retuerce el instrumento hasta arrancar el diente, se cubre el rostro con la punta de una pañoleta… Ese cenagoso fondo sobre el que se sostienen los empinados piececillos de la muchacha, esa atmósfera de sexualidad fúnebre, tan distinta de la frialdad revolucionaria de Charlotte Corday, es el signo de una nueva abstracción y por lo tanto de una nueva Realidad.

Que escenas como ésta y otras similares hayan merecido la atención de un artista nos sugiere cómo se ha ido ampliando el almacén de las imágenes necesarias. No son ahora las fraternales bestias, los faraones sagrados, los bellos dioses, los signos celestes, las leyes de la luz y del espacio, los objetos domésticos, la revolución justiciera, lo que queda detenido eternamente con un signo, sino algo nunca visto y muy inquietante que el periodismo próximo a hacer llamará “un suceso”.

Hemos dejado ya congelado sobre la superficie de dos dimensiones (esa pantalla que dentro de poco sustituirá al mundo) casi todo lo viviente… lo que ahora vemos en estas imágenes de Goya no son representaciones alegóricas y por tanto comprensibles, anuncios de redención o invitaciones a la piedad. También había invitación a la piedad política, al credo, en la estampa de Marat asesinado y santificado, pero aquí, en estos grabados, no hay nada de eso, tan sólo el relato frío, objetivo, conceptual de los hechos, sin pasión redentora, a la manera de la instantánea de reportero que no dice nada más que (y Goya así lo escribió): “Yo estaba allí y lo vi todo”. Es la banalidad del mal que comienza a mostrar su hocico ratonil en nuestras ciudades diseñadas racionalmente…

… los “sucesos”, se han convertido en algo intolerable, algo que nos impide soñar. De modo que hay que controlarlos y para ello hay que arrancarlos a la vida verdadera y eternizarlos en una obra de arte. Con ello no se impedirá su repetición, pero se les privará de su fuerza terrestre, de su genio oscuro, y convertidos en un signo se les podrá mostrar incluso a los niños, de manera que ellos mismos, cuando violen o sean violados, cuando les corten en pedazos o sean ellos quienes decapiten a sus víctimas, recuerden que es algo perfectamente conocido e incluso digno de figurar en un museo y que de pequeños así lo aprendieron gracias a un profesor de Historia del Arte. Comprenderán ahora, sin embargo, cuando sean despedazados y violados, cuando asesinen y violen, la diferencia entre nuestras representaciones y la potencia de la Tierra”.

Muy recomendable.

1 comentario:

p dijo...

Excelente reseña (...muy buen libro) y fantástico blog. Te recomiendo "Goya y el abismo del alma".
http://www.galaxiagutenberg.com/Contenido/Libros/Libro.asp?Codigo=54176
Un saludo.