7/10/10

Interiores: Las sirenas de Titán, Kurt Vonnegut.

Ahora todos saben cómo encontrar el sentido de la vida dentro de uno mismo.
Pero la humanidad no siempre fue tan afortunada. Hace menos de un siglo los hombres y las mujeres no tenían fácil el acceso a las cajas de rompecabezas que llevan dentro.
No podían nombrar siquiera uno de los 53 portales del alma.
Las religiones de pacotilla eran el gran negocio.
La humanidad, ignorante de las verdades que yacen dentro de cada ser humano, miraba hacia afuera, pujaba siempre hacia afuera. En su impulso hacia afuera la humanidad confiaba en llegar a saber quién era el responsable de toda la creación y en qué consistía toda la creación.
La humanidad lanzaba su agentes de avanzada hacia afuera, hacia afuera. En el momento preciso los lanzó al espacio, al incoloro, insípido, ingrávido mar de la exterioridad sin fin.
Los lanzó como piedras.
Esos desdichados agentes encontraron lo que ya habían encontrado abundantemente en la Tierra: una pesadilla sin fin, falta de sentido. Los dones del espacio, de la infinita exterioridad, eran tres: heroísmo vacío, comedia barata y muerte fútil.
La exterioridad perdió, por sin, sus imaginarios atractivos.
Solo quedaba por explorar la interioridad.
Solo el alma humana seguía siendo terra incógnita.
Este fue el comienzo de la virtud y la sabiduría.
¿Cómo eran las gentes en los viejos tiempos, con sus almas todavía inexploradas?
La siguiente es una verdadera historia de la Época de la Pesadilla, comprendida, año más, año menos, entre la Segunda Guerra Mundial y la Tercera Gran Depresión.

Había una multitud.

La multitud se había reunido porque iba a producirse una materialización. Un hombre y un perro se materializarían, saldrían del aire sutil, vapores al principio, tan sustanciales al final como cualquier hombre y perro vivientes.
La multitud no conseguiría ver la materialización.
La materialización era estrictamente asunto privado, en propiedad privada, y la multitud no estaba, decididamente, invitada a recrearse los ojos.
La materialización, como una ejecución moderna, civilizada, iba a producirse entre paredes altas, desnudas, custodiadas. Y del otro lado de las paredes la multitud era como una multitud que está del otro lado de las paredes en una ejecución.
La multitud sabía que no iba a ver nada, pero sus integrantes se complacían en estar cerca, en contemplar las desnudas paredes e imaginar lo que estaba sucediendo adentro. Los misterios de la materialización, como los misterios de una ejecución, eran encarecidos por la pared; diapositivas de la linterna mágica de una imaginación enfermiza, dispositivas proyectadas por la multitud en las desnudas paredes de piedra, los volvían pornográficos.
La ciudad era Newport, Rhode island, U.S.A., la Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea. Las paredes eran de la propiedad de Rumfoord.
Diez minutos antes de que la materialización hubiera de producirse, unos agentes de policía difundieron el rumor de que la materialización había ocurrido prematuramente, fuera de las paredes, y que el hombre y su perro podían verse tan claros como el día a dos cuadras de distancia. La multitud se precipitó para ver el milagro en el cruce.
La multitud se volvía loca con los milagros.
En el extremo más alejado de la multitud había una mujer que pesaba ciento cincuenta kilos. Tenía bocio, una manzana acaramelada y una niña gris de seis años. llevaba a la niña de la mano y se abría paso a empujones, como una pelota en la punta de un elástico.
- Wanda June -dijo-, si no empiezas a portarte bien, no te traeré nunca más a una materialización.


Everyone now knows how to find the meaning of life within himself.
But mankind wasn't always so lucky. Less than a century ago men and women did not have easy access to the puzzle boxes within them.
They could not name even one of the fifty-three portals to the soul.
Gimcrack religions were big business.
Mankind, ignorant of the truths that lie within every human being, looked outward-pushed ever outward. What mankind hoped to learn in its outward push was who was actually in charge of all creation, and what all creation was all about.
Mankind flung its advance agents ever outward, ever outward. Eventually it flung them out into space, into the colorless, tasteless, weightless sea of outwardness without end.
It flung them like stones.
These unhappy agents found what had already been found in abundance on Earth-a nightmare of meaninglessness without end. The bounties of space, of infinite outwardness, were three: empty heroics, low comedy, and pointless death.
Outwardness lost, at last, its imagined attractions.
Only inwardness remained to be explored.
Only the human soul remained terra incognita.
This was the beginning of goodness and wisdom.
What were people like in olden times, with their souls as yet unexplored?
The following is a true story from the Nightmare Ages, falling roughly, give or take a few years, between the Second World War and the Third Great Depression.

There was a crowd.

The crowd had gathered because there was to be a materilization. A man and his dog were going to materialize, were going to appear out of thin air-wispily at first, becoming, finally, as substantial as any man and dog alive.
The crowd wasn't going to get to see the materialization. The materialization was strictly a private affair on private property, and the crowd was emphatically not invited to feast its eyes.
The materialization was going to take place, like a modern, civilized hanging, within high, blank, guarded walls. And the crowd outside the walls was very much like a crowd outside the walls at a hanging.
The crowd knew it wasn't going to see anything, yet its members found pleasure in being near, in staring at the blank walls and imagining what was happening inside. The mysteries of the materialization, like the mysteries of a hanging, were enhanced by the wall; were made pornographic by the magic lantern slides of morbid imaginations-magic lantern slides projected by the crowd on the blank stone walls.
The town was Newport, Rhode Island, U.S.A., Earth, Solar System, Milky Way. The walls were those of the Rumfoord estate.
Ten minutes before the materialization was to take place, agents of the police spread the rumor that the materialization had happened prematurely, had happened outside the walls, and that the man and his dog could be seen plain as day two blocks away. The crowd galloped away to see the miracle at the intersection.
The crowd was crazy about miracles.
At the tail end of the crowd was a woman who weighed three hundred pounds. She had a goiter, a caramel apple, and a gray little six-year-old girl. She had the little girl by the hand and was jerking her this way and that, like a ball on the end of a rubber band. "Wanda June," she said, "if you don't start acting right, I'm never going to take you to a materialization again."

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