13/11/10

Armadale (Wilkie Collins, 1866).

Página 1092… y se acabó el folletín. ¡Pedazo de folletín! Dios mío Wilkie Collins… ¡Qué feliz me haces!

Si. Feliz.

Página 1027… “El novelista inglés que entre en mi casa (no admitiré a ningún novelista extranjero) debe entender su oficio como lo entiende el lector inteligente de nuestros días. Debe saber que nuestro gusto moderno, más puro, nuestra moral moderna, más elevada, le obligan a hacer exactamente dos cosas cuando escribe un libro: todo lo que le pedimos es que ocasionalmente nos haga reír y que siempre nos haga sentir felices.”

Wilkie Collins participa con cierta ironía (ya que lo hace a través de uno de los personajes más deleznables de la novela) … “en una polémica inglesa en la que estaba inmerso. Algunos autores sesudos rechazaban las novelas “sensacionalistas”, cuyos temas pasaban por el robo, las suplantaciones, los secuestros, los asesinatos, las dogras, la locura, etcétera; todo ello, en un ambiente doméstico o privado. Evidentemente, Armadale es un clásico de este género. Collins aprovecha la circunstancia para burlarse de todos aquellos literatos que protestaban contra “la inmoralidad” de sus novelas”. (N. del t.)

Pero ¿cómo hablar de la grandeza de un escritor de folletines? Las comparaciones son odiosas, pero me vienen ahora mismo a la cabeza dos “grandes directores de cine” cuyos films aparecen siempre en cualquier selección de “obras maestras del cine”: Ingmar Bergman y Alfred Hitchcock. Bergman será un puto genio, pero uno corre el peligro de hincar la sien en el pico del sillón a los 10 minutos de metraje de una grande entre sus grandes. Con papá Hitchcock jamás pasará eso sino todo lo contrario. A uno le crecerán flores bienolientes de las sienes. Así es.

Y así es el viejo Wilkie. Tiene dos obras maestras como la copa de un pino: La piedra lunar y La dama de blanco. Armadale es una obra menor (para mí) no por el tamaño, sino por otras muchas cosas. Aún así, es una absoluta maravilla en estructura, personajes, tensión, atmósfera…

La atmósfera que se respira en una novela es fundamental. Es el aire que nos mantiene durante toda la lectura. Una atmósfera cálida, protectora, ensoñadora, misteriosa, insana, peligrosa, elegante, pausada, enredada… Un hogar con olor a muerte y a misterio. Personajes hermosamente malvados, hermosamente incautos, hermosamente inteligentes, señoriales, victorianos, lejanos, inocuos. Amigos inofensivos que te acompañan sin joderte la vida.

¿Por qué Armadale es una obra menor? Porque sólo leyendo Armadale me he dado cuenta de que no soy una señora victoriana aburrida que, destinada a permanecer encerrada al calor del hogar, suspira por cualquier invitación que permita airear sus mejores galas (aquellas a las que se dirige el personaje deleznable de la novela al que me refería en la cita de la página 1027). La novela dispone de una trama sencilla (como cualquier obra de Wilkie Collins) que, en este caso, no florece de forma espectacular. Eso es. Cualquier novela de Collins encierra una semilla muy simple que luego genera una frondosidad inesperada, hermosa, atemporal… Si. Y Armadale no. Difícil de explicar.

Wilkie Collins y Charles Dickens eran amigos (de todos conocido) y es cierto que comparten algo más que una amistad. Cuando intenté leer Grandes Esperanzas, recordé a Collins. Pero Dickens se limita a escribir bien (sin ínfulas creativas), y contar una buena historia con tintes “realistas”. ¡Dios mío, he dicho “realista”! Si. Dickens hace crítica social, y esto implica que el lector “piense”, o sea, que pierda el tiempo. Porque la realidad no existe. No hay una realidad común para todos en la que nos podamos encontrar. Cada uno tiene la suya y punto. Así que Dickens, con la edad… aburre. Sin embargo Collins es un fabricante de humo de tal envergadura que nos eleva más allá de las nubes. Y esto, además de no aburrir, protege del mundanal ruido.

Las mezclas, con el tiempo, resultan odiosas. Así que bienvenida sea la pureza.

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