18/5/11

Lo que cuentan las mujeres...

Dejo aparcado a Kawabata y paso a un best seller (también japonés). La autora es Yoko Ogawa y el libro se titula La fórmula preferida del profesor… Tan solo llevo unas páginas, pero me han sorprendido algunas líneas de estas dos hojas que transcribo aquí. Todo muy simple…, es un best seller adaptado al cine!, ja, ja… Tan solo me impresiona la enorme diferencia entre aquello que preocupa a algunas mujeres y lo que preocupa a algunos hombres. Y digo algunos porque, por supuesto, existen momentos felices de comunión entre géneros.

Subrayaría los párrafos que me gustan, pero sobra. Se encuentran todos en la primera mitad, la segunda tan solo figura por respeto a este espacio que surge en la trama de la novela así, de repente, para profundizar en un pasado que se resume en dos hojas.

El profesor abraza al niño. Lo llama “Root”. La madre de “Root” trabaja para la agencia de trabajos domésticos Akebono. El profesor sufrió un accidente que dejó secuelas en su cerebro. Tan solo puede recordar lo sucedido 80 minutos antes. Esa es su memoria. ¡Ah!, y las matemáticas. Ellas permanecen.

“Desde que nació, Root fue siempre un bebé poco abrazado. Cuando lo vi en la maternidad, en una cuna transparente que tenía forma de barquito, lo primero que pasó por mi cabeza fue algo más cercano al miedo que a la alegría. Apenas transcurridas unas horas desde su nacimiento, aún daba la sensación de que los líquidos amnióticos humedecían e hinchaban la piel de sus párpados arrugados, los lóbulos de sus orejas y los talones. Sus ojos estaban medio cerrados, pero no parecía estar durmiendo, movía tembloroso pies y manos, que asomaban de un jubón demasiado holgado. Era como si se estuviera quejando, con humor, de haber sido abandonado en un lugar equivocado.

Pegada al cristal de la sala de recién nacidos, yo insistía a una desconocida con incontables preguntas: ¿cómo saber que ese bebé es mío?

Yo tenía 18 años, estaba sola, y no sabía nada. Tenía las mejillas hundidas debido a las náuseas, que duraron hasta el momento mismo en que me subí a la cama de partos, llevaba el pelo maloliente por el sudor, y el pijama con una mancha por haber roto aguas.

Entre unas quince camas colocadas en dos filas, el único bebé que estaba despierto era él. Aún faltaba un rato para que amaneciera. Excepto las siluetas en bata blanca bajo la claridad de la sala de guardia, no había ni una sombra en el pasillo y el vestíbulo. El bebé abrió sus puños cerrados y volvió a doblar los dedos con cierta torpeza. Las uñas, absurdamente pequeñas, estaban azuladas. La sangre de mi mucosa, que él había arañado, se había coagulado entre sus uñas y se veía por transparencia.

- Perdone, por favor, pero podrían… - me acerqué deprisa, tambaleándome hacia la sala de las enfermeras de guardia -. ¿…Podrían cortarle las uñas a mi niño? Como mueve las manos con tanta energía, me preocupa que se haga daño en la cara…

En aquel momento, ¿acaso quería mostrarme a mí misma que era una buena madre? ¿O simplemente no pude soportar que se despertara el dolor de mis mucosas?

Desde que empecé a tener uso de razón, la silueta de mi padre ya no existía. Mi madre había querido a un hombre incapaz de contraer matrimonio, me dio a luz y me sacó adelante ella sola.

Mi madre trabajaba en un salón de banquetes y ceremonias. Al principio hizo un poco de todo, fue progresando, se ocupó de la contabilidad, luego fue encargada del vestuario, los arreglos florales, la decoración de las mesas para los banquetes, y finalmente, tras obtener la calificación necesaria, llegó a ser gerente.

Tenía un espíritu muy combativo y nada la disgustaba más que la gente me mirara como a una niña de familia pobre, sin padre. Realmente éramos pobres, pero mi madre hacía todo lo posible por que pareciéramos ricas, de apariencia y de corazón. Me hacía toda la ropa a mano utilizando retales que le daban los proveedores de trajes de novia con los que trabajaba la empresa, me hizo tomar clases de piano, negociando con el organista de la sala para que nos las dejara baratas, y colocaba con gracia y esmero en las ventanas de casa las flores que sobraban de los banquetes.

Yo me hice asistenta doméstica porque desde pequeña me había ocupado de las labores de la casa, sustituyendo a mi madre. Con dos años, ya me lavaba las braguitas que me había mojado en la cama con el resto del agua de la bañera, y antes de entrar en la escuela primaria empecé a preparar el arroz frito, cortando el jamón con un cuchillo de cocina. Cuando tenía la edad de Root, se me daba bien cualquier tarea, desde las actividades domésticas habituales hasta pagar los recibos de la luz o asistir a la reunión de la comunidad de vecinos.

Mi madre solo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto. Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien ingés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquier que se encontrara con él…

En mi imaginación, mi padre estaba de pie, posando como una escultura de museo. Por mucho que me acercara a esa estatua, no parecía dispuesto a tenderme la mano, y sus pupilas miraba hacia algún punto lejano.

Cuando entré en la adolescencia empecé a preguntarme que si era verdad cuando decía mi madre, ¿por qué no nos ayudaba económicamente, dejándonos solas a mí y a ella? Pero para entonces ya había empezado a importarme poco cómo era mi padre. Simplemente escuchaba las fantasías que seguía contándome mi madre, sin decir ni media palabra.

El acontecimiento que desbarató de golpe y portazo todas aquellas quimeras y que destrozó el edificio que mi madre había levantado con sus ropas de retales, el piano y las flores fue mi embarazo. Sucedió cuando yo acababa de empezar el último curso del instituto.

Él era un universitario que estudiaba ingeniería electrónica, al que conocí donde yo trabajaba por las tardes. Era un chico tranquilo e instruido, pero incapaz de aceptar la responsabilidad que surgió entre nosotros. Sus misteriosos conocimientos sobre ingeniería electrónica que tanto me habían fascinado de nada sirvieron, pues se convirtió en un hombre cobarde que se esfumó dejándome sola.

Aunque a ambas nos unía el hecho de ser madres solteras, o precisamente por eso, no hubo modo de apaciguar el enfado de mi madre. Era una indignación transida por gritos de dolor y de pena. Su emoción era tan violenta que yo era prácticamente incapaz de saber cómo me sentía realmente. Pasada la vigésima segunda semana de embarazo me marché de casa. A partir de entonces, perdí todo contacto con ella.

Cuando salí de la maternidad, y tuve que ir a una residencia para madres solteras, solo salió a recibirme la directora del centro. Doblé y metí la única foto que conservaba del padre de mi hijo en la cajita de madera donde guardaba el cordón umbilical que me habían dado en la clínica.

Cuando me tocó por sorteo una plaza en la guardería para lactantes, me presenté a la entrevista de la Agencia de Trabajos Domésticos Akebono. No había otro lugar en el que pudiera hacer valer mis humildes capacidades.

Me reconcilié con mi madre justo antes de que Root entrase en la escuela primaria. Un buen día nos envió una cartera para el colegio. Yo acababa en realidad de independizarme pues había salido por fin de la residencia para madres solteras. Mi madre aún trabajaba como gerente en el salón de ceremonias nupciales.

Mi madre murió de una hemorragia cerebral, justo cuando la incomprensión mutua se estaba desvaneciendo y yo empezaba a sentirme respaldada con esa abuela cercana.

Por ello me sentí tan feliz, más que el propio Root, cuando lo vi abrazado por el profesor.”

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