17/8/11

Nec deus intersit, nisi dignus vindice nodus


Curiosas "vacaciones". La lectura completa de Superficiales (Nicholas Carr) me ha secado el cerebro sólo con 270 páginas ya que el resto, hasta 340 que componen la edición de Taurus, son notas. Si; 70 páginas de notas e índice analítico, una quinta parte del libro.

¿Estaría ya seco mi cerebro? No lo sé, la verdad.

Hace unos cuantos días, cuando escribí la nota sobre el librito de marras, llevaba leído un tercio (sin contar las notas e índice analítico, claro) y pensaba abandonarlo ahí mismo para pillar un novelorrio que había echado a la maleta (siempre me gusta en verano echar unos cuantos kilos de literatura a la maleta, porque tengo comprobado que me sientan bien). Pero ese momento de tumbarse a la bartola y dejarse llevar no ha llegado a tiempo porque el libro de Carr me ha mantenido atrapada (o ha mantenido mi atención atrapada) más de lo previsto, con falsas promesas que aparecían y desaparecían como los tweets en un timeline. Y ha sido un proceso lento, una tortura que imponía un ritmo de lectura insoportable de no más de dos páginas seguidas, sobre todo cuando éstas llegaban cargadas de referencias, una tras otra: un psicólogo de la Universidad de Stanford comprobó..., experimentos llevados a cabo en el Centro para el Aprendizaje de Michigan demostraron..., numerosos estudios apuntan..., como anunciaba Taylor...

Lo siento por Carr, pero como ya apuntaba en el anterior post, su prosa acusa la influencia de la red y la peor de las infoxicaciones. Es una muestra perfecta de la ausencia de vida, de escándalo, de lírica… y también una muestra perfecta de la ausencia de profundidad científica. Porque el científico, aunque le pese (que no creo), tiene que perder demasiado tiempo en menudencias, tiene que detenerse en un punto concreto sin dejarse llevar por la marea o el flujo de las olas. Resulta mucho más romántico, humano, hasta tierno, al lado de una víctima de la red.

Aparte, el tiempo asturiano tampoco ha ayudado demasiado. Año tras año va endureciéndose; tanto que el frío se transforma en otro factor de distracción.

Y a todo esto debo añadir Twitter y los smartphones. Este verano ha sido el primero en el que he viajado junto a este bicho del demonio que me ha permitido entregarme a Twitter (una red social a la que nunca he prestado demasiada atención). Tanto he jugado que no me apaño con el ordenador. Twitter es perfecto para el móvil. Si vuelvo al ordenador quedará desestimado, espero. Aunque debería desestimarlo del todo por muchas razones; la mayoría de ellas aparecen en el libro de Carr unas cuantas veces.

Twitter te hace sentir que estás observando el mundo cuando solamente atiendes a los desbarres de seres humanos con ganas de hacerse notar. La gente no puede decir en la calle lo que le viene en gana y, sin embargo, en Twitter lo hace. Es un nuevo medio que permite cierta libertad de opinión y lo grave reside en que los frutos de esa libertad resultan tan interesantes como los aullidos que se sueltan en las gradas de cualquier espectáculo de masas. En Twitter mis amigos hablan de cosas de las que no hablamos cuando estamos cara a cara. Me desconcierta tanta frivolidad. Toda la basura superficial que uno esconde cuando está con personas por respeto, la suelta allá. Yo misma lo hago. Aunque intente contenerme. En un diálogo cara a cara, meditado, con una persona a la que estimas, las respuestas son mucho más interesantes, y estoy casi segura de que se puede llegar a alcanzar un equilibrio. Con gente interesante, respetuosa, culta, humilde por tanto. En Twitter todo esto se pierde.

En fin, una experiencia extraña que se asemeja a un baile de máscaras.

La locución latina que he plantado como titular, está dedicada a Esperanza Aguirre Gil de Biedma, Condesa consorte de Murillo y Grande de España (nombre completo, el mío es mucho más corto). Hoy ha colgado un tweet que dice lo siguiente: La igualdad, dignidad, libertad... los ha traído el cristianismo. Que no se crean que los ha traído Karl Marx.

La verdad es que frente a tal afirmación una se queda sin argumentos. Igual que con tantas otras que aparecen en la red. Podría poner muchos ejemplos de lo que ha pululado por twitter durante estos días estivales. El mero vínculo final entre la Jornada Mundial de la Juventud (ojo al nombre) y los 15M, 17A, 18A, me ha dejado un poco tocada. No pensaba yo que los indignados eran tan ingenuos como para enredarse en esas trampas. A saber cuales son esas pocas voces que al final (tan simples somos) se transforman por arte de magia en la voz de todos. Espero que la mayoría, como siempre, siga siendo silenciosa.

Resulta patético observar la ausencia de diálogo en esos pequeños discursos tajantes de no más de 120 caracteres.

Mal verano ha sido este. Asturias fría, indiferente, pero siempre hermosa.






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