14/1/12

El mar y los 7 pecados capitales.

Avaricia

Desde lo alto del Cabo observó la costa, hoy no había posibilidad de relación ni intercambio con el mar; algo oculto, profundo e incomprensible ocurría en la distancia, un fenómeno extraordinario que desplazaba verticalmente la gran masa de agua. Pareciera como si en la profundidad tronara el rugido de un mar atragantado, indispuesto, ansioso y excitado. Mostrábase la marea codiciosa, pretendiendo romper límites y hacinada en círculo vicioso. Violenta provocaba con brincos de enano enfurecido, con gritos de gigante capturado que agita sus brazos para salir y arrasar a cualquier precio, ahogando su furia y su ansia en la acumulación, escondiéndose y engordando, creciendo a duras penas, provocando en los límites del puerto, rodeando el faro con sus brazos, chascando sus crestas, ansioso por atrapar algo más de lo que ya mantenía furiosamente en sus entrañas.

Lujuria

Flameaba la luna llena sobre una balsa marina ondulante que mecía su reflejo transformándolo en hilos serpentinos. Sentía toda la bóveda celeste sobre mí; yo en el centro de la noche clara. Más allá del chispeo nervioso de las estrellas dormidas, la nada oscura envolvía mi cuerpo suavemente, como la arena. Enterraba mis dedos para después observar el devenir de sus granos, la agarraba con mis manos y apretaba intentando moldearla, pero escapaba. Se acercaba el mar a mis pies hundiéndolos y mojándolos. Mi cuerpo estaba frío pero el mar era cálido y deseaba perder mi cuerpo en su profundidad hasta desgastarlo; allí donde dormitaban portentosas criaturas marinas, allí donde la suavidad de la flora enredaría aún más mis urgidos miembros.

Gula

No os dejéis engañar. Las medusas lucen en la superficie y atraen por su belleza, pero en verdad son aguas vivas que se contraen en la oscuridad del fondo marino, sumidero del tiempo. Todo boca, no hay nada más. Boca encapsulada en cristal, adornada de relucientes pendientes y cabellos venenosos. Su deseo es desordenado: en su suave danzar juega con el mar, sorbiéndolo para después vomitarlo; en su latencia marea la luz, absorbiendo su azul para devolverlo verde y después permanecer dormida, flotando en la superficie marina hasta que algún incauto se prenda de ella y esté al alcance de sus tentáculos. Entonces se paralizarán las aguas y el tiempo con nosotros, la medusa insaciable habrá absorbido nuestra vida hasta petrificarnos. La sublimación de este proceso debería transformar ese noventa por ciento de agua en cristal, igual que los cabellos de la cabeza muerta de la gorgona viraron a coral.

Ira

Durante aquella noche cerrada el rugido del mar era reservado. Tan enigmático como la negra densidad de un cielo que parecía cubierto de brea. Quizás más allá de la plancha negra se ocultaba una confusión semejante a la que mostraba esa masa de agua que parecía sufrir azotada sin soportar el dolor, queriendo escapar sin conseguirlo, rompiéndose contra las rocas, sin armonía, sin tiempo para la relajación, para un retirarse y volver veloz hacia la costa imaginada, una costa en la que difundir fuerza y arrastrar a las entrañas el fruto de una erosión lenta y pausada. No, no era así. No podría llevar nada consigo este mar encabritado, tan solo a sí mismo hundiéndose en la tierra abisal para, después, huir enloquecido. Mar odioso y enfadado, egoísta y celoso de la quietud de las rocas acantiladas.

Soberbia

El mar se jactaba de su fachada irisada, de las infinitas capas que el día parecía haber depositado con ligereza en su mansa superficie. No respetaba ni a un cielo que, celoso, atrapó su infinitud simulando un espejo y borrando el horizonte. Un brillo nacarado imponente desterraba todo resto de humanidad, roca y ladrillo en la costa levantina. Hasta que apareció la luna altiva fundando un imperio nocturno que redujo el mar a un enjuto reflejo y devolvió a la costa su vanidad perdida.

Envidia

Llegó un momento en el que la tierra, incapaz de soportar tanta presión, quebró, transmitiendo su grito a un mar que cargó con su dolor para dispersarlo en la superficie y arrasar toda materia viva o inerte. El mar quiso transformarse en cielo aquel día para envolver toda vida que no era la suya y aniquilarla. No se llevó demasiadas cosas, tan solo privó a los demás de su oxígeno, borró sus límites y amplió los suyos.

Pereza

Había pasado sus mejores años luchando contra el mar y sus resacas, intentando templar el cielo en su paleta de color y amarrar el viento al lienzo, hasta que calmó su delirio y la cordura impuso el tormento y la melancolía.

Nada podía hacer ya para controlar ese mar y ese cielo, escuchar su conversar en silencio y objetivarlo en un lienzo, aprender sobre su forma, su movimiento, atrapar la vida con su mirar. La desidia y la apatía florecieron en su interior oprimiéndole la cabeza. No volvió a limpiar con esmero sus pinceles ni sintió amor por los papeles y lienzos que ya resultaban inútiles como soporte. El mar le ponía enfermo: el tiempo cambiante, los paseantes que caían por la playa a última hora de la tarde, la felicidad ajena. No consentía un buen o mal día, un amanecer o un ocaso. Ni siquiera podía hundir sus pies en el agua, las algas apestaban y los pequeños peces que se acumulaban alrededor le asustaban.

Con el tiempo dejó de bajar a la playa y terminó sus días sin asomarse a la ventana. No quería ver más aquello que había inspirado días ya muy lejanos.

Nota: esto es un ejercicio que me ha tocado hacer y como me ha costado un huevo hacerlo, lo dejo aquí, no para presumir (porque no sé escribir y me avergüenza intentarlo, pero es algo que no puedo evitar), sino porque me parece interesante esto del lenguaje descriptivo.

2 comentarios:

rh dijo...

De la vergüenza no puedo decir nada -además lo comprendo perfectamente-, de lo de escribir, la verdad, disimulas bastante bien no saber hacerlo.
:)

7 Pecados Capitales dijo...

Que bonito. Me encanta. Gracias. Pablo