25/3/12

Mary and Max (Adam Elliot, 2009)

Bueno, pues ya que estamos con Pascal (por cierto, gran parte de los razonamientos del post anterior vienen de apuntes tomados en las clases que recibí de Gabriel Albiac, si fueran míos propios no estaría perdiendo el tiempo aquí, aunque bien es cierto que no es fácil comprenderlos en profundidad y yo los comprendo perfectamente - fui capaz de traducir mi propia letra, tarea difícil, y construir unos apuntes que tuve la suerte de conservar, ya que la mayor parte de mi vida académica se fue en un disco duro, pero Pascal, Montaigne, La Boétie, Marx, Maquiavelo y Spinoza persisten. Curiosamente son los únicos apuntes vivos de mis asignaturas de libre elección en Filosofía y Letras, los de Bellas Artes murieron, ¿por qué será?... pero vamos, lo dicho, que las frases rimbombantes son de Albiac, supongo, quizás las construí yo después, vete tú a saber, pero creo que no, de otra manera sonarían como una gran meada y no suenan así… ¿verdad? Suenan fenomenal)… decía que ya que estamos con Pascal y con esto del desencanto del mundo y la inconsistencia (que no incontinencia, aunque también y quizás más sus contrarios, la represión… y la continencia) voy a dejar aquí el trailer de un largo de animación que me ha gustado mucho. Está dirigido por Adam Elliot y se llama Mary and Max. Ha sido montado a partir de más de 130.000 fotogramas útiles sobre figurillas de plastilina que se transforman lentamente con el objetivo de contarnos una peculiar historia de amistad.

Los personajes principales de esta película (una niña de unos 7 u 8 años no muy brillante -al menos en apariencia- y un asperger de 45 años - aparentemente brillante - con obesidad mórbida) tienen sus propios problemas, en particular, los que describo en el post anterior… una intensa capacidad para no entender esa apariencia ilusoria del mundo y no encajar en ella ni con tacos de esos que se usan para meter escarpias en la pared). Alrededor de esta historia central de amistad, vuelan otras miserias de nuestro día a día como la alienación, el aislamiento social, la desesperación, la decadencia, la resistencia a la resignación… algunos afectan directamente a los personajes principales y otros al resto (los estereotipos). Más allá de convencionalismos interpretativos, Mary & Max aporta luz y riqueza a la cuestión humana (un tema delicado y bastante profundo, en absoluto convencional y superficial), a nuestra finísima relación con las cosas y cómo esta determina lo que somos.

Max, el único personaje interesante y alrededor del cual gira todo lo demás, no entiende absolutamente nada, no controla ni lo más simple y sufre poderosamente cada vez que su jaula se menea (cada vez que su círculo protector tiembla), por lo demás, resulta conmovedora su brillantez a la hora de expresar la incoherencia y estupidez del mundo y sus habitantes, brillantez que solo expone cuando escribe a Mary. Un tipo como Max, que solo puede convivir con otros humanos a base de repeticiones mecánicas de algunas costumbres que observa, difícilmente puede colocarse en ese espacio simbólico del que hablaba en el post anterior y que correspondería a aquello que los demás buscan en él.

No creo que Mary & Max deba destacarse como una apología sobre la soledad y la rareza. Son muchas las razones por las que cada uno de nosotros podemos sentirnos diferentes (razones generales y particulares), incluso residuos sociales sin intención alguna de formar parte de un tejido social que nos parece flojo, vacío y carente de significado. No. Esto sería demasiado simple. Mary & Max no es una película para gustar a aquellos que se sienten superespeciales. Más allá de todo eso, trabaja laboriosamente y con mucha delicadeza el problema de la verdadera comunicación, aquella que es fructífera, aquella que no es estéril. Vivimos en una nube de formalismos estériles (todos) y resulta complicadísimo disfrutar momentos enriquecedores con las personas, momentos en los que se comparte de verdad, se crece y se cambia. Momentos transformadores en un mundo en el que la transformación se compra a precio de oro para dejarte igual que estabas pero con traje nuevo (o sea, en pelotas again). Lo destacable del film no es que Mary viva en la pobreza, que sea fea y tenga una mancha de nacimiento de la que todos se ríen, que su padre y madre acumulen virtudes (alcoholismo, cleptomanía, estupidez, prejuicios…) y que su único amigo sea un anciano sin piernas que padece agorafobia. Tampoco es relevante la singularidad de Max, ese asperger bastante patético con obesidad mórbida que no controla en absoluto su yo social. Lo relevante es que Mary, para escapar de su soledad, inicia azarosamente una relación por correspondencia con Max, y esta relación hará que entre ambos surja muy poco a poco (unos 20 años) una amistad sólida y sincera que se irá formando a base de tropiezos y aciertos, como digo, poco a poco. Porque durante esta relación ambos evolucionan y se enfrentan (cada uno a su manera) a su propia realidad. Cada golpe supone un beneficio, ambos obtienen lo suyo. Es una historia en la que no hay nada superficial del tipo “soy diferente y necesito a otro diferente como yo para seguir adelante”, no. En esta historia se exponen cosas importantes sobre las que hay que pensar en profundidad: los problemas de integración, el rechazo social, el suicidio, la sexualidad, manías incluso creencias religiosas. Y todas estas cosas parecen anularse cuando podemos disfrutar del ligero fluir del conversar, cuando conversamos en profundidad, profundizando en nosotros mismos, compartiéndonos hasta ese nivel.

El personaje de Max resulta absolutamente conmovedor y brillante (la voz es de Philip Seymour Hoffman), todos, absolutamente todos los detalles que definen su actitud (su libro de caras en el que guarda los gestos incomprensibles que hacen los demás para poder imitarlos y “entenderlos”), sus momentos de confusión en los que se sube a la silla, el pompón rojo que le regala Mary y se coloca sobre la Kipá, cómo invierte el dinero que recibe cuando gana la lotería… Resulta conmovedor, repito, lo que escribe a Mary, difícilmente uno puede creer que tal maniaco, tal despojo social disponga de una clarividencia extraordinaria para contar a Mary cómo es y lo que dicen (sobre todo su psiquiatra) de él, la colección de frases que guarda en su mente (frases de su psiquiatra y de los autores de los libros que lee…). Mary sin embargo no es más que el muro sobre el que Max lanza las pelotas, aunque ella es la que siempre dará el primer paso. Es más humana, más dependiente, más normal, su sufrimiento es más exagerado pero no más intenso que el de Max…

En fin. Independientemente de todo este rollo (que puede ser leído de mil formas) se encuentra el producto, elegante, casi monocromático para potenciar cierto carácter simbólico en los colores, todo el detalle y la expresión, los estupendos escenarios. Es un prodigio de técnica y de estilo en pro del sentido de la narración.

Viéndola te sientes como Max cuando siente que su cerebro sonríe “my brain smiles, my brain is warm…”.

1 comentario:

RH dijo...

Estoy de acuerdo en lo de la nube de formalismos estériles y una comunicación predominantemente insustancial. Algunas veces creo que no estamos preparados para vivir habitualmente una comunicación interesante, esa que te puede hacer crecer. Igual por miedo, por simple incapacidad o por triste incompetencia. O por todo.