30/4/12

El infinito estético y Piranesi.


Dice Paul Valéry cuando diferencia entre lo que denomina orden de lo práctico y orden estético que la mayor parte de nuestras percepciones suscitan en nosotros, cuando suscitan algo, aquello que se precisa para anularlas o al menos intentarlo. Si tenemos hambre o sed, en general, hacemos todo lo posible por anular estas sensaciones cuanto antes. Hay otros efectos sin embargo de nuestras percepciones que parecen ser todo lo contrario. Volviendo al tema del hambre, si el alimento nos resulta delicioso, el deleite querrá durar en nosotros, querrá perpetuarse o renacer… El hambre apremia a acortar una sensación; el deleite, a desarrollar otra bien distinta. Es una suerte de excitación del deseo, la necesidad; cambios de estado tendentes a conservar o reproducir las percepciones iniciales. Distinguimos ambas sensaciones de tal forma que refinaremos nuestra alimentación, aprenderemos a comer sin hambre…

Refinados somos, pues, o lo que es lo mismo (bajo mi punto de vista, claro está) insensibles en la eterna e infructuosa búsqueda de la sensación permanente. Y Valéry, como buen poeta, extiende fácilmente lo que dice sobre el hambre al amor.

Vista, tacto, olfato, oído, movimiento y habla... memoria quizás, nos inducen tiempo a tiempo a demorarnos en las impresiones que nos causan, a conservarlas o renovarlas.

El conjunto de tales efectos tendencialmente infinitos constituirían el orden de lo estético. En su infinito la satisfacción hace renacer la necesidad, la respuesta genera la pregunta, la presencia engendra la ausencia y, la posesión el deseo.

El orden práctico alcanza el fin y hace que se desvanezcan todas las condiciones sensibles del acto, en nuestro universo de sensibilidad, sin embargo, la sensación y su espera son de algún modo recíprocas.

El orden de las cosas finitas se combina con el orden estético. Lo que llamamos una obra de arte (dice Valéry) no es más que el resultado de una acción cuya meta finita es provocar en alguien desarrollos infinitos. El artista no será tal cosa si no es capaz de producir esta resonancia sensible en el universo. 

Curiosa frase esta última. Madre de todas las pajas mentales.

El pintor… aporta su cuerpo, dice Valéry, y Merleau-Ponty añade: es prestando su cuerpo al mundo que el pintor cambia el mundo en pintura. Un entrelazado de visión y movimiento dice Ponty que es el cuerpo.

Sólo así surge un mapa de lo visible…

Sólo así, con algo de esto y mucho más (de cosecha propia) puede uno perderse en las cárceles de Piranesi y algunas de sus ruinas, sobre todo las que vio casi al final de su vida, las de Paestrum.

Las cárceles imaginadas por Piranesi son lugares en los que uno entra para no salir nunca más. Ruinas sepultadas, enredadas en laberintos que no llevan a ninguna parte. Cárceles que contrastan forzosamente con el ideal representado en sus recreaciones de esa nueva Roma que reprodujera la grandeza de la clásica. Reconstrucciones de espacios y edificios del pasado con nuevos elementos que él mismo aportaba, quimera de estilos por sí misma inclasificable. Un monstruo. Tal era el sueño que hasta Goethe llegó a desilusionarse cuando llegó a Roma, ya que la imagen que llevaba en su cabeza era aquella que soñó, idealizó, representó Piranesi. De aquí a la teoría del valor de la ruina de Albert Speer (arquitecto de Hitler) no hay mucho espacio, ni tiempo. Casi me atrevería a decir que ninguno. Allí y aquí nació el romanticismo, sobre un mundo imaginario que emerge de las ruinas.

La obra de Piranessi se puede ver en directo hasta el 9 de septiembre en Madrid.

2 comentarios:

Acracia dijo...

He llegado aquí por casualidad, pero supongo que en el fondo, todo es por casualidad. El caso es que me ha gustado tu blog (o mejor dicho, me han gustado tus cavilaciones) y por eso he decidido quedarme por aquí.
Piranesi es grande, sí.
Un placer.
Ya sabes dónde encontrarme si te interesa.
Saludos.

vera dijo...

Si, todo sucede por casualidad. Casi todo. Gracias.