31/5/15

Whiplash (Damien Chazelle, 2014). 103 minutos de obsesión y contrapunto a dos voces.

Pensad en esa idea fija que os atormenta. ¿Por qué os atormenta? Porque no es bien recibida. Vuestra consciencia os dice que no y, sin embargo, sentís un impulso que os impide deteneos. Os sentís ansiosos, incómodos, deprimidos, locos.

Dicen que no hay arte sin obsesión y que ésta está ligada íntimamente al proceso creativo. Está en juego la vida, ni más, ni menos. Una obsesión puede hacernos muy felices, pero también aniquilarnos. En mi opinión, con cierto control racional (dificil, lo sé), puede ofrecernos momentos vitales muy intensos. En el peor de los casos, seremos arrojados a un vacío en el que uno (más o menos) puede acostumbrarse a vivir (1).

Hay un cuento enorme titulado “La obra maestra desconocida” de Honoré de Balzac. Este cuento obsesionó a muchos artistas en crisis. El mismísimo Picasso no solo nos dejó unos cuantos aguafuertes para ilustrarlo sino un famoso guiño a Frenhofer (el protagonista del cuento) apodado Guernica (qué me decís del pie que aparece abajo a la derecha…). Frenhofer, el protagonista de la obra de Balzac, trabaja sin descanso y en secreto en una obra que voluntariamente oculta a los ojos del mundo. Diez años lleva entregado a su Catherine, disfrutando de un amor que –en sus propias palabras- jamás será efímero, sino inmortal. Porbus y Poussin, son dos pintores con otra obsesión, conseguir que el viejo Frenhofer les muestre a su amada y participar así en ese milagro que pretende borrar las diferencias entre la pintura y la vida... - “Los pintones invictos que no se dejan engañar por todos estos subterfugios, sino que perseveran hasta constreñir a la naturaleza a mostrarse totalmente desnuda y en su verdadero significado". Llegado el momento, Poussin conseguirá retar a Frenhofer mostrándole a su amada de carne y hueso, Gillette. El diálogo entre los protagonistas no tiene desperdicio:

-¡Oh!, déjemela por un momento -dijo el viejo pintor-, y podrá compararla con mi Catherine. Sí, acepto el reto. 

Aún había pasión en la exclamación de Frenhofer. Parecía galantear con su ficción de mujer y gozar, por adelantado, del triunfo que la belleza de su virgen iba a obtener frente a la de una joven verdadera. … - No le permita desdecirse -exclamó Porbus dando una palmada en el hombro de Poussin-. Los frutos del amor son efímeros; los del arte son inmortales.” 

Dicen que “La obra maestra desconocida” es una fábula del arte moderno, un libro de cabecera para los artistas en crisis, quizás por su foco en la obsesión por atrapar la vida misma a través de cualquier objeto (ya sea una mujer, ya sea la montaña Saint-Victoire de Cezanne... - “El paisaje se piensa en mí, yo soy su conciencia”, solía decir).

El joven Poussin es un hombre bueno pero ambicioso y toda ambición es fruto de una obsesión, de cierta locura que insta a vivir más allá de lo establecido, más allá del confort de lo cotidiano. Nuestra consciencia acomodada ofrece el cobijo de una jaula acristalada bajo la tormenta. “-Perdóname, querida Gillette -dijo el pintor cayendo de rodillas-. Prefiero ser amado a ser famoso. Para mí eres más bella que la fortuna y los honores. Anda, tira mis pinceles, quema estos bocetos. Me he equivocado. Mi vocación es amarte. No soy pintor, soy enamorado. ¡Mueran el arte y todos sus secretos!”

La fama. Esa es la ambición de Poussin. Ser recordado… Averiguar cuál es la magia oculta tras el cuadro de Frenhofer. La llave hacia la perfección, lo sublime.


El argumento de Whiplash es muy simple, una historia de desafío y autosuperación. Por eso algunos se mofan comparándola con Karate Kid o Rocky… Siendo muy malos podríamos hasta compararla con Kung Fu Panda. Tienes el genio, eres diferente, debes trabajar duro y esforzarte para que surja la magia. Tú tienes la estrella y esa magia supondrá un punto de inflexión en la historia de un arte que agoniza. Tu magia lo salvará de la muerte. Cualquier arte en crisis está sediento de nuevos genios que lo salven de la decadencia.

Terence Fletcher es profesor en el conservatorio de música Shaffer, una de las mejores escuelas de Jazz de Nueva York. Fletcher es bien conocido por sus talentos, su perfeccionismo y sus métodos poco ortodoxos y, en principio, abusivos. Andrew Neiman es un joven de 19 años marcado por la fallida carrera como escritor de su padre y por un objetivo: lograr la perfección como baterista de Jazz en un momento en que el Jazz está en decadencia. Así se desencadena la obsesión. Los ingredientes están servidos. El despiadado maestro presionará a Neiman hasta el límite de sus habilidades y de su cordura. El aprendizaje se transformará en un campo de batalla. Y en los campos de batalla, todos sabemos lo que uno puede encontrarse antes de alcanzar la meta. El lema de Fletcher reza así: si a Charlie Parker no le hubiese lanzado Jo Jones un platillo a la cabeza, nunca habría habido un Bird… no hubiera luchado y practicado para evitar volver a sentirse humillado “never to be laughted again”… La cuestión es ¿dónde está ese punto de inflexión?, ¿en qué consiste? Cuando llegas al límite puedes despegar o darte una buena hostia. Así de simple. Puedes ganar, pero también puedes perder. Uno se siente apostando en un juego en el que la probabilidad de éxito es menor o igual a la de ganar la lotería de navidad… En un mundo ideal, como el de Whiplash, vas a tener a un personal trainer que sabe más que tú, porque es un sensei… Pero en el mundo real, la cosa no está tan bien orquestada y ese impulso bien puede sentirse como inútil con un gran slogan en tu frente que rece: “estás haciendo el idiota, piensa en lo mucho que estás perdiendo con esta estúpida apuesta”…(finalmente todo descansa en el tema de la autoestima) (2).

En este sentido, Whiplash podría ser la historia de un loco con final feliz (3). En verdad hay genios en la vida, y genios locos obsesivos también (que no es lo mismo), solo que son tantos los accidentes, tantas las circunstancias, que con alta probabilidad puedes perder y terminar durmiendo entre cartones. Igual de loco. Y qué decir de los “profesores”, de los “maestros”, de los “mentores”, de los “senseis”…. Ese que ha nacido antes y, por lo tanto, ha recorrido el camino…. ¿Cómo disponer de esa fe, esa confianza y entrega en nuestro día a día? Porque no sé vosotros, pero yo he conocido a muchos “senséis” en la universidad que al final... no son más que personas normales y corrientes… Hay que cuidarse muy mucho, por tanto, de entender Whiplahs como una historia de autosuperación, como si estuviéramos leyendo un libro de autoayuda…. porque todos nos creemos un poco genios y, además, tras un siglo de historias sobre genios al alcance de todos, pensamos que la genialidad está en nosotros, aquí mismo y solo necesitamos mostrarla. Es algo que saldrá solo, con un pañito y un poco de abrillantador. Siendo estrictos, hoy en día, ni siquiera hace falta un pañito o un abrillantador. Vamos así de chulos por la vida, luciendo genialidad. El trabajo y el esfuerzo (a veces comprados por una buena beca o un máster) no suponen nada más que una pérdida de tiempo. El trabajo se compra, la experiencia se compra, el traje de luces, se compra. El esfuerzo no se lleva bien con el éxito. Ese momento en el que uno está solo, haciendo el gilipollas, trabajando un fin de semana o por la noche, perdiendo la sangre en cosas inútiles… no es fácil de llevar sin una promesa, sin un mentor, sin un sensei, sin un máster… Un sensei que, además, tenga la llave maestra para presentar al mundo la nueva joya. Esa que conseguirá despertar al tiempo en su afán por desvelar y ofrecer al mundo el milagro… Difícil aceptar esta visión en un mundo en el que la excelencia y el esfuerzo no tienen sentido en sí mismos. Un mundo en el que el trabajo como factor de producción, no es tanto una medida del esfuerzo, sino de resultados a muy corto plazo.

¿Es la excelencia una meta hoy en día? Yo diría que no. Cuántas veces habré escuchado aquello de "una palmadita en la espalda no viene mal de vez en cuando"; cuántas veces recomendarán esos libros que nos enseñan a ser padres alimentar el ego de nuestros hijos, no infravalorarlos en ningún momento para no crear en ellos un complejo de inferioridad que los marcará el resto de sus vidas... Habría que plantearse muy seriamente (en ausencia del genio y del sensei) que existen en el mundo muchísimas historias de autosuperación por el mero hecho de haber sido infravalorado en algún momento de la vida. Más allá del máster, de la medalla, del querer cambiar el mundo porque soy superespecial, está ese momento en el que te lanzan un platillo a la cabeza y te dejan en ridículo, te humillan, te hacen sentir una mierda, te hacen daño. Ese dolor solo se quita trabajando y demostrándote a ti mismo que nunca jamás nadie volverá a hacerte daño. Difícil de explicar si no lo has vivido. Fletcher es un maestro, un sensei... Imaginemos por un momento que es una persona normal mucho más familiar...


Hasta aquí el tormento, ahora el éxtasis.

Creo que Whiplahs, aún con todo lo dicho anteriormente, es un ejercicio bastante sublime. En sí mismo artístico. Damien Chazelle dirige una carrera sin límites, se lanza al charco, se reboza y lo hace como lo haría Bach, componiendo una hermosa armonía de contrapuntos. El tempo entre Fletcher y Neiman es muy jazzero, diría yo que no entiendo nada de Jazz, ni de armónicos, ni de música en general. Pero veo cómo Neiman destroza sus manos a ritmo de Fletcher. Y veo a Fletcher frente a un diamante en bruto, clavando el pico, esculpiendo como lo haría Miguel Ángel. El film se transforma, de esta manera, en un interesante contrapunto a dos voces. Todo esto acompañado por una serie de espacios íntimos y opresivos en los que la vida "que uno debe vivir" -más allá de la intimidad- tan solo aparece a brochazos dispersos.

¿Son esos espacios opresivos o íntimos? ¿Se muestran opresivos para marcar la tensión de la consciencia, el tormento? ¿No estamos tan solo ante el más puro ensimismamiento, el recogimiento en la intimidad de uno mismo? ¿No estamos más allá de la consciencia, privados del mundo, en una historia de autosuperación?

Ahí lo dejo.

(1) Huelga decir que en mi muy genérica introducción estoy haciendo uso del concepto obsesión en su forma más superficial y amable. En ningún momento debemos considerarla (como más abajo, en el caso de Frenhofer) un trastorno... En verdad, creo que todos tenemos algún tipo de trastorno. Dependiendo de la intensidad y de cómo lo manejemos, estaremos o no... enfermos.
(2) Se podría debatir hasta el infinito con estos conceptos: genio, locura, autoestima, obsesión, voluntad.
(3) Esa bonita frase "La autoestima se eleva en la locura"...


1 comentario:

RH dijo...

Reflexión interesante. Más aún si uno la contempla desde la perspectiva maestro-aprendiz-padre/madre-hijo/hija. ¿Qué coño somos? ¿De qué coño trata todo esto? Parece que "necesitamos" competir para reconocernos en contraposición al resto, a lo demás. ¿No es triste necesitar esa competición para vivir? Necesitamos un título enmarcado en la pared para saber quiénes somos, una historia-trayectoria, unos amigos de largo tiempo, un ser amado, logros personales que materialmente se pueden comprobar en cualquier momento. Y la familia, claro, ese vínculo biológico y social que finalmente nos recuerda la matriz, el origen, la causa.
¿No es evidente el error? ¿Por qué resulta tan indispensable medir y contar? ¿Por qué tenemos miedo a la mente en blanco, a la desmemoria, al desarraigo, al desamparo... a la libertad? Y creamos conceptos, ideas paradójicas, como la del genio o la genialidad como si se tratara de un punto cardinal superior. "Ser mejores": ¿mejores respecto de qué o quién? ¿? ¿Qué busca esa idea de genialidad tan extendida: belleza, perfección, sublimación? ¿De verdad necesitamos medirlo, contarlo, confrontarlo, comprobarlo? ¿De verdad es necesario?