13/9/10

Memorias (Albert Speer, 1969), Ed. Acantilado, 2002.




"Obsesionado por mi misión, no aspiraba a que disminuyeran mis competencias, sino al contrario. El sentido del deber, el aprecio de Hitler, el orgullo, la autoestima… todo se juntaba."
















Dice el DRAE que la fascinación es una especie de engaño o alucinación, y el fascinado (digo yo), aún consciente de su ilusión, marcha hacia la luz sin plantearse siquiera su naturaleza.

Todo lo que nos fascina, tiene algo de siniestro. Lo siniestro (das unheimliche, the uncanny…) une lo inquietante, lo terrible, con la idea de lo familiar. Eugenio Trías determina lo siniestro como límite y condición de lo bello, Schelling lo define como aquello que debiendo permanecer oculto, sin embargo, se ha manifestado…, algo que fue cercano o habitual y se ha vuelto extraño, inhóspito; algo que al revelarse muestra su faz siniestra precisamente por ser, en profundidad, íntimo y familiar. Trías nos dice que lo bello debe dejar presentir lo siniestro, sugerirlo sin mostrarlo. Estamos a punto de ver algo prohibido, algo que no debe verse… y recordamos los versos de Rilke:

¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.


Todo lo que me fascina, tiene algo de siniestro. El arte alemán de vanguardias, el cine alemán posterior a la primera gran guerra (inspirado en el teatro de Max Reinhardt)… El particular análisis de Kracauer sobre el cine alemán de postguerra que plantea cierta predisposición del pueblo alemán hacia el futuro movimiento nacionalsocialista. El estudio de Worringer “Abstracción y naturaleza” que quizás influyó en la tesis de Kracauer… La “particularidad” del “alma” alemana… Los orígenes del romanticismo alemán, los artistas que fundaron El Puente y El jinete azul, los orígenes del nazismo, Adolf Hitler & company, el cine de Leni Riefenstahl, la propaganda nazi y la americana de postguerra (la segunda guerra)… El misterioso documental que editó Sir Alfred Hitchcock -por encargo- a partir de la producción de la British Army mostrando la liberación de los supervivientes de los campos de concentración nazis… Algo así como un muchacho oscuro que me “encanta” (hechiza, hipnotiza)… Un muchacho que puede o no ser oscuro en sí mismo; tan solo yo presiento esa oscuridad… precisamente por el encantamiento que siento. Mal augurio, mal presagio de un hechizo que no es más que la imposible mezcolanza de estímulo y terror. Sensación que poco tiene que ver con el gusto, el placer, la belleza o el amor que, creo, surgen de una suerte de unión o combinación perfecta, de la armonía y la verdadera afinidad…

Me fascina enormemente la fascinación que sentía Albert Speer por Adolf Hitler. Algo insólito si uno lee sus memorias. Tan insólito que asusta. Tan incomprensible que uno se pregunta por la verdadera naturaleza del que fue arquitecto personal de Hitler y ministro de armamento del III Reich.

Hay demasiadas cosas en torno al III Reich fascinantes, inauditas, terroríficas. Hay tanto diletantismo, tanta afición (voluntad), ficción y desmesura, tanto juego… que acojona; igual que un vampiro. Imagino hordas hechizadas, seducidas, cautivadas por la belleza de Tadzio, como Gustav von Aschenbach. Imagino -ya que hablamos de La Muerte en Venecia- el texto de Thomas Mann “Hermano Hitler” (digo imagino porque no lo he leído y supongo que es difícil de encontrar) del que se dice -copio literal de la red- “sugiere que la vocación demoníaca de Hitler sólo puede provenir del colosal resentimiento de un pintorcete que, anhelante de prestigio, sale de la bohemia gracias al fanatismo. Ese Hitler romántico que venga su fracaso incendiando el mundo, ese pirómano, sólo puede ser un artista que, como el propio Mann dice que él lo fue, se nutrió desordenadamente de Schopenhauer, de Nietzsche, de Wagner. Por ello Mann decía que él y Hitler eran hermanos, es decir, hijos de la misma cultura y alimentados por la leche envenenada del romanticismo. Esa negativa a desentenderse del caso Hitler, confinándolo a la patología teratológica, esa decisión de tomarlo personal, familiarmente, sacándolo del armario, es una de las audacias menos reconocidas de Mann, para quien lo demoníaco también formaba parte de la realidad del mundo, de aquello que paganamente se entiende como lo divino”. Interesante ¿no? Mann es un tipo muy, pero que muy listo.

Porque si todo esto me fascina (resulta siniestro para mí), se debe -vuelvo a suponer- a que yo también me niego (o suelo negarme) a condenar sin más lo monstruoso. Condenarlo como si fuera algo ajeno a mí. Olvidarlo, objetivarlo, representarlo… hacer arte denuncia de ese que ¡tanto me gusta! para redimirme. No hijos no. Podría decir que todo lo que hace el hombre, lo llevo a mi espalda y me pregunto por su origen. Porque el origen, es el mismo para todo y para todos… La Segunda Guerra Mundial produjo alrededor de 60 millones de muertos (entre los que se encuentran, of course, los 6 millones de judíos que cayeron en manos de los nazis en unos 5 años y los 80.000 cuerpos que cayeron al instante con la bomba de Hiroshima, más los que fueron cayendo después), la política de Leopoldo II en África dejó unos 10 millones de muertos (supongo que mutilados, reventados a trabajar, violados)… etc, etc... Fenómenos provocados, perpetrados y amparados por humanos, entre los cuales me encuentro. Y eso me implica, me involucra, me enreda en todo aquello… Igual que a Mann le enredaba su sangre alemana, a mí me enreda mi condición humana. Y de alguna manera, todos estos crímenes, son también míos.

Así es.

Resulta tan obsceno lo que podemos llegar a hacer, que a uno le entran ganas de ocultarse bajo 7 metros de tierra no para ocultar el hedor, sino para morir de vergüenza. Y resulta tan siniestro nuestro gusto por la “representación” del dolor, el crimen, la violación, el abuso, la miseria… que a uno le entran ganas de colgarse por amoral.

Así es.

Dicho esto vayamos a Speer y a las “representaciones” que pululaban en la cabeza de su admirado Hitler. En sus Memorias, escritas durante su estancia en la prisión de Spandau, resume a lo largo de unas 1000 páginas su juventud, sus estudios de arquitectura, su primer contacto con el NSDAP, el primer discurso de Hitler, su fascinación por Hitler… (todo lo que he escrito aquí es un intento de objetivar esa fascinación que marcó su vida). Sin embargo, escribe también cosas como esta: “Al igual que antes de la guerra con sus proyectos para reestructurar las ciudades alemanas, lo que le interesaba por encima de todo era la representación. En cambio, pasaba por alto la penuria social y el sufrimiento humano; sus exigencias casi siempre incluían que se reedificaran los teatros destruidos por las llamas”… o se manifiesta constantemente molesto por lo que el consideraba una “atmósfera artificial de un mundo corrompido e hipócrita”. A lo largo de sus memorias descubrimos al hombre que pretende racionalizar esa fascinación, que oculta su tormento gracias a una suerte de rectitud de carácter y buen hacer. Realmente Speer parece un hombre imparcial frente a su propia historia (e histeria colectiva, gran mentira que supuso el nacionalsocialismo), mostrándose honrado y sincero, analizando al detalle su relación con Hitler, subidas, bajadas, miradas, actitudes, enfados, elogios… Me ha sorprendido enormemente encontrar (y no lo digo en broma) un hombre atormentado que parece haber estado enamorado de Hitler, que se recrea en los detalles estúpidos de las reuniones con Hitler, en cómo se sentaba y cómo le miraba…; un hombre que, al mismo tiempo, se muestra terriblemente disciplinado y laborioso en su trabajo… para Hitler, tanto en su faceta inicial de arquitecto como en la posterior de Ministro de Armamento y Municiones del Tercer Reigh. Speer se recrea en todos y cada uno de los detalles de las jornadas de té, de las veladas en el Obersalzberg, de las intrigas, mentiras y traiciones, de la producción bélica, de los decorados que creó y los que tan solo diseñó. 500 páginas de arquitectura y otras 500 de producción de armamento. La historia de un hombre con un único objetivo: servir a Hitler y hacer bien su trabajo. Por esta razón, supongo… no tuvo problema en reclamar esa mano de obra extranjera que le llevó a la cárcel. Y, quizás por la cárcel, nos regala 1000 páginas de arquitectura y optimización de la producción bélica teñidas de color de rosa, como en una novela de Wilkie Collins.


Me pregunto cómo habría terminado la guerra si Hitler hubiera hecho caso a Albert Speer. Como ministro de armamento, Speer se manifiesta como un ser “cargante” que constantemente recomienda a Hitler ir por el lado correcto, cuando el Führer desea ir por el lado “incorrecto” y, de esta manera, la segunda mitad del libro nos cuenta cómo podría haberse ganado la guerra, cómo podrían haberse evitado algunas muertes innecesarias (por ejemplo, las de los alemanes caídos en la absurda y sangrienta batalla de Stalingrado), cómo la producción de tal armamento en lugar de otro podría haber conseguido anular a la fuerza aliada, cómo mantener la industria y transgredir las órdenes de Hitler para la destrucción total de todos aquellos recursos que podrían ser aprovechados por los “enemigos” (o sea, por todos los que lucharon contra los alemanes)… Miedito me da pensarlo. Porque Speer tan sólo denota dos objetivos únicos para los cuales parece programado: satisfacer a Hitler y ganar la guerra. Dos objetivos que no pueden mezclarse, que no comulgan, que no se llevan. Ya que Hitler estaba loco, era un diletante y un nihilista, un apasionado con una voluntad a prueba de bomba, un orgulloso, un recipiente con tantas cosas como para fabricar un cóctel molotov que no renunció en lanzar contra su pueblo (aquel que apasionado y fascinado, lo encumbró), y estas últimas cosas y ganar la guerra eran incompatibles. Fruto de un delirio, fascinación, relaciones siniestras… puro mal; mal del que Speer no se libra ni aún queriendo. Todo es confuso, todo es siniestro. No estamos más allá del bien y del mal, como proclamó Nietzsche, estamos en la tierra sintiendo esa mezcla irreconciliable entre lo bueno y lo malo.

Difícil y fascinante librito. Muy recomendable para profundizar en torno al III Reich y esa parte de la estúpida y vergonzosa II Guerra Mundial que le tocó lidiar.

Y para profundizar en este temita de la fascinación, recomiendo el “extraño” (y estético, y, por lo tanto, superficial y amoral) ensayo de Susan Sontag “Fascinante Fascismo”.

4 comentarios:

juanjofdez dijo...

Es curioso, llevo varios días buscando en las librerías las memomorias de Speer tras la lectura de las novelas de Philip Kerr y mi última lectura "El hombre del csatillo" de Philip K. Dick, creo que laSpeer me puede ayudar a tener una visión más cercana de todos los demás protagonistas de aquellos fatídicos años, Gobbels, Heindrich, Goering... menuda pandilla.
Por eso me ha llamdo mucho la atención ver el título de tu entrada entre mi vecindario.
Una entrada magnífica.
Un cordial saludo.

Vera dijo...

Yo lo compré en La Casa del Libro. Lo ha reeditado Acantilado.

La visión de Speer es particular, sobre él mismo (ya que todo lo escribió desde Spandau) y sobre todo lo que le rodeó. Solo mirando desde atrás entra en juego la reflexión para teñir la realidad y el impulso de aquellos días. Además, a petición de sus editores, Speer trata de esbozar un perfil psicológico del Führer.

Respecto a los demás… poca cosa. Speer profundiza en aquello que le preocupa: Borman, Göring, Todt… el resto (Himmler, Goebbels, aunque son nombrados con mucha frecuencia, tan sólo figuran).

Ahora que hablo de Goebbels… hay algo que me impactó en las memorias. Cuando Speer habla del asesinato de los hijos de Goebbels (perpetrado por su propia madre y consentido -obligado- por el padre) lo hace con una frialdad y objetividad aplastante. Me sorprende que analice hasta el menor detalle cada momento de su relación con Hitler y descuide tantas otras cosas. O bien respondía a la demanda editorial, o bien sus únicas emociones se centraron en Hitler y su enemigo Borman (el único que parecía amenazar su lugar reservado como protegido o hombre de confianza de Hitler). No sé, resulta bastante patético.

Saludos

juanjofdez dijo...

Muchas gracias Vera, el episodio que comentas de Goebbels fue una de las escenas que más me impresionó de "El Hundimiento"
Un saludo

Anónimo dijo...

Ayer mi padre me consiguió la primera edición de las Memorias de Albert Speer de 1969.