12/10/13

Una muerte en la familia (James Agee, 1958)

James Agee escribe “Una muerte en la familia” pensando en “aquella noche”, en cómo quedaron las cosas. Cómo quedó su familia y cómo quedó él. Pocos son los movimientos de Rufus, tan solo percibimos el quehacer de las cosas a su alrededor, los pequeños golpes y sus reacciones, su inocencia, su malicia y, sobre todo, su asombro. Una suerte de desconcierto, confusión o embobamiento ya no ante las consecuencias del suceso, sino ante su propia experiencia de la vida.

Así es la novela. Un relato de los hechos y el referente en cursiva de lo que pasa por la cabeza de Rufus, un niño de 6 años. James Rufus Agee. Miedo, desamparo y turbación en un esquema teatral que ordena momentos de reflexión, de parada.

Gran parte de la novela describe los hechos a través de la mirada de Rufus, de sus sentimientos y emociones, de su reacción ante lo que está aconteciendo. Considero que, sin entender demasiado, esa mirada verdadera al interior es un ejercicio soberbio.

Uno de los temas importantes de la novela, más allá del retrato de algunos de los personajes que reflejan huellas o rasgos de un carácter universal que podríamos tener todos (Ralph, el hermano de Jay provoca un miedo literal), es la ausencia y presencia de Dios. Un Dios que, a percepción mía, no es más que un recurso insensato, una barrera para que el verdadero amor fluya entre las personas. Algo que tan solo ayuda a vivir de una forma tensamente artificial cuando la vida no responde a nuestras expectativas. Así lo percibo a través de la mirada de Rufus sobre todo en el último tercio de la novela.

Sin más, algunos momentos de esto que otros llamarían realismo psicológico estilo James Joyce.

Hannah y Mary

Hannah la ayudó a sentarse en el borde de la cama y se sentó a su lado, exclamando una y otra vez con voz acongojada: “Mary, Mary, Mary: Oh Mary, Mary, Mary”, posando levemente su mano de solterona, ya translúcida, sobre la nuca velada, y aferrando de tal modo una de las muñecas de Mary que dejó grabada en ella un brazalete de magulladuras. Mientras tanto, Mary se balanceaba calladamente, hacia delante y hacia atrás y de un lado a otro, profiriendo, calladamente, desde lo más profundo de su cuerpo, no como una criatura humana sino como un animal mortalmente herido, unos sonidos sordos, como una salmodia, no estridentes pero sí uniformes y desordenados, hermanos, excepto en su quietud, de esos bramidos sobrehumanos, dementes, con que se paren los hijos. Y mientras se balanceaba y gemía, el descubrimiento perdió poco a poco su concentración más fuerte y penetrante; tomaron forma, a partir de la más completa oscuridad y tan lentamente como se hace visible la campiña con la primera luz del día un número de descubrimientos diferentes que podían concretarse en imágenes, emociones, ideas, palabras y obligaciones; y así, no más de dos minutos después, durante los cuales Hannah no cesó de decirle “Mary, Mary” mientras el padre Jackson rezaba con los ojos cerrados, ella permaneció sentada un momento en silencio, luego se puso de rodillas sin hacer ruido, guardó silencio un momento más, se persignó, se levantó y dijo: “Estoy preparada”.

Rufus

“No entendía por qué les divertía tanto ese juego ni por qué tenían que fingir tanta amabilidad y tanto interés sólo para engañarle otra vez cuando él sabía que ellos sabían que no debían hacerlo, pero poco a poco empezó a ver con claridad que, por mucho que fingieran, sus intenciones eran siempre malas, y que la única forma de defenderse era no creerles nunca y no hacer lo que le pedían que hiciera. Y con el tiempo descubrió que, por mucha que fuera la amabilidad con que se lo preguntaban, no conseguirían engañarle; él no les decía su nombre y eso hacía que se sintiera mucho mejor, excepto que ahora, al parecer, habían perdido gran parte de su interés por él. No quería que pasaran de largo sin mirarle siquiera, o que sólo le dijeran algo desagradable o despectivo, fingiendo tan perfectamente que iban a golpearle con sus libros que él tenía que agacharse; sólo quería que no le engañaran ni se burlaran de él; sólo quería que fueran simpáticos con él y caerles bien. Y para conseguirlo siguió dispuesto a hacer lo que fuera necesario, excepto una cosa, decirles su nombre, algo que claramente no era conveniente hacer. Y así, mientras no le preguntaran su nombre (y ellos comprendieron pronto que la broma ya no funcionaba), siguió esperando contra toda esperanza que no trataran de engañare ni de reírse de él de ninguna otra forma”.

Hannah y Mary

- ¿Qué quieres decir?
- Lo que nos van a decir, lo que vamos a saber, Mary, casi con toda seguridad será duro. Trágico y duro. Estás empezando a saberlo y a enfrentarte a ello con mucha valentía. Lo que quiero decir es que esto es sólo el principio. Que sabrás mucho más. A partir de muy pronto.
- Sea lo que fuere, deseo sobrellevarlo con dignidad – dijo Mary con los ojos brillantes.
- No te esfuerces demasiado por eso, Mary. No lo veas de esa manera. Limítate a hacer lo que puedas para soportarlo y deja que la cuestión de la dignidad se resuelva por sí misma. Eso es más que suficiente.
- Me siento tan poco preparada… Hay tan poco tiempo para prepararse…
- Esto no es algo para lo que uno pueda prepararse. Simplemente hay que vivirlo.

1 comentario:

Jorge Enrique Bernal Medina dijo...

La lectura de Una muerte en la familia marcó mi vida. Lo sentimientos de la pérdida, la soledad, la desolación y desorientación frente la muerte, son tratados con una maestría sin igual.
James Agee es una clásico poco conocido, que vale la pena conocer.
Una gran obra.