09/02/10

Una mezcla explosiva…


Seven on Seven es una iniciativa de Rizoma que emparejará a siete artistas con “tecnólogos”, todos ellos rompedores, innovadores, vanguardistas o game-changing… El desafío no puede ser otro que desarrollar “algo nuevo” en un solo día: una aplicación, social media, obras de arte, productos, o cualquier cosa que puedan imaginar. Los siete equipos darán a conocer sus ideas en un único evento el día 17 de abril en el New Museum.

Los “techies” de nombres (of course) impronunciables: Jeff Hammerbacher, Joshua Schachter, Matt Mullenweg, Andrew Kortina, Hilary Mason, Ayah Bdeir, David Karp.

Y los artistas: Tauba Auerbach, Marc Andre Robinson, Ryan Trecartin, Monica Narula (Raqsmediacollective), Evan Roth, Aaron Koblin y Cao Fei.

Con una muestra (por orden) de sus obras.









04/02/10

Sensualidad, Baco y Schulz


Cómo no, estoy buscando como loca a algunos de los autores de los que habla Coetzee en Mecanismos Internos. Ya comenté aquí su entrada sobre Bruno Schulz. Y ahora, viene una trascripción de regalo ya que encontré la obra completa editada por Siruela en 1993. Consideremos, no obstante, que Schulz escribía en polaco, y esperando que la traducción de Juan Carlos Vidal sea directa del polaco, no olvidemos que la “interpretación” es de Juan Carlos Vidal.

Las tiendas de color canela.
Agosto (Pág 27-28).

Bruno Schulz. Obra completa. Siruela 1993.

En julio, mi padre solía irse al balneario y me dejaba con mi madre y mi hermano mayor a la voluntad de los días veraniegos abrasadoramente blancos y alucinógenos. Ebrios de esta luz, hojeábamos el gran opúsculo de las vacaciones cuyas hojas ardían resplandorosamente y ocultaban en su fondo la pulpa de peras doradas, dulces hasta el desmayo.

Adela volvía en las mañanas luminosas cual Pomona de fuego de día acalorado y vertía en su cesta la belleza policromada del sol, las cerezas brillantes, llenas de agua bajo su piel transparente, las guindas misteriosas y negras cuyo aroma superaba su sabor, albaricoques que mecían en sus carnes el quid de las largas tardes; y, al lado de esta poesía pura de las frutas, descargaba también trozos de carne con su teclado de costillas, las algas de las verduras como crustáceos muertos y medusas, material crudo de la comida con ese sabor aún indefinido y yermo, sus telúricos ingredientes con su aroma salvaje y campestre.

Esos días, la oscura cara del primer piso al lado de la plaza Mayor era atravesada por el enorme verano; el silencio de las vibrantes capas aéreas, las baldosas de resplandor que dormían su sueño apasionado sobre el suelo; la melodía del organillo surgida de la veta dorada más profunda del día; dos o tres compases del estribillo interpretado al piano en algún lugar una y otra vez, desmayándose al sol sobre las aceras blancas, perdidas en el fuego del día profundo.

Tras hacer la limpieza, Adela corría la sombra sobre las habitaciones cerrando sus cortinas de hilo. Entonces, los colores bajaban una octava y el cuarto se oscurecía sumido en la claridad del abismo marítimo, reflejado opacamente en los espejos verdes y todo el color del día respiraba entre las cortinas ligeramente ondeantes en los sueños de la hora del atardecer.

Los sábados por la tarde salía de paseo con mi madre. Desde la semioscuridad del recibidor se entraba directamente en el baño solar del día. Los peatones, hollando en el oro, mantenían los ojos semicerrados por el ardor, casi como pegados con miel, y el labio superior subido descubría sus encías y dientes. Y quienes pisaban este día áureo llevaban ese rictus de calor, como si el sol impusiera a sus feligreses la misma máscara de la cofradía solar; y todos los que iban por la calle se encontraban, pasaban unos junto a otros, ancianos y jóvenes, niños y mujeres, se saludaban con esa careta pintada sobre los rostros con una gruesa capa de tizne dorado, exhibían ese rictus báquico, la máscara bárbara de un culto pagano.

Rachmaninoff, David Helfgott y un pilot

Ya ves tú que tontería… pero lo del dibujito a palo seco con el pilot me ha dejado un tanto tocada…



Y, además, el Rach 3… Qué placer.

Ahora por Martha Argerich

02/02/10

Los límites del control. Jim Jarmusch (2009)


Venga, vamos a hablar de cine que ya está bien de Avatares y Sherlock Holmes. No vaya a ser que las hordas de fanáticos seguidores intelectuales de este blog decidan eliminar la subscripción y cambiarla por una a infocorazón (que no tiene nada que ver con las anginas de pecho sino con los pechos y las anginas).

Si existe un cineasta raro (de lejos), ese es Jim Jarmusch. Además de poseer un aspecto raro y unos gustos raros, lleva un cartel colgado al cuello que dice así: “soy un director independiente”. Pero visto más de cerca, resulta un tipo de lo más normal. Y si no, veamos este vídeo en el que habla sobre la música que le gusta y que, habitualmente, elige para sus películas. Fijaos si es normalito, que hasta su inglés resulta más legible que el español que se habla en cualquiera de los lugares por los que se pasea Isaach De Bankolé, el más puro ejemplar de arte africano vivo y protagonista de su último film Los límites del control.


Así es. Jarmusch es un tipo normal que hace sus cositas a su manera, tal y como sus sentidos dictan. Como cualquier otro ser humano, percibe, comprende, imagina y recrea el mundo (y los acontecimientos que en él suceden) con libertad. Y no viaja solo: le acompañan la música, la literatura, el vacío, el tiempo, los silencios, el tránsito, los viajes, su particular percepción de todos ellos... Todo muy normal.

Win Wenders es otro tipo raro. Tiene una película (entre otras tantas) maravillosa que se llama Lisboa Story. En ella, se narra el viaje a Lisboa de un ingeniero de sonido que espera encontrarse con un cineasta alemán para trabajar juntos en un proyecto. Al llegar a Lisboa, el director no aparece; tan sólo quedan unas cintas con imágenes mudas registradas. El ingeniero, entonces, se pierde en la ciudad con el propósito de encontrar los sonidos a las imágenes de su amigo.

En este caso Wenders viaja, quizás, con el recuerdo de directores perdidos en aquella época, con el casco viejo de Lisboa, y con la música de Madredeus. Y con ello, dicen algunos, realiza su homenaje particular al cine (igual que se podría decir que homenajea a la música cubana en Buena Vista Social Club o al blues en The soul of a Man). A mí los homenajes me resultan sospechosos, no me gustan, y tampoco doy por hecho que Wenders homenajee a nadie en este film.


Pues eso. Algunos dirán que estas pelis son un coñazo infumable, que el director está aburridísimo y se lía a rodar documentales sin tener ni idea de lo que quiere hacer, o se calza un homenaje para salir del paso. Otros dirán que ya está bien de teoría y plano largo subjetivo con aburridas vistas interminables porque lo que quieren es práctica, hechos, historias que se puedan contar y, en definitiva, práctica: al ritmo-ritmo y al tema-tema. Si además, el comentarista (que no crítico) de turno es “docto”, “compondrá un compendio” de insultos bien ilustrado que nos dejará taciturnos primero y enojados después.

Pero volviendo a eso del librepensamiento, ni que decir tiene que cada uno ejerce la libertad como le place, y que dicha libertad está subordinada al lenguaje (el que cada cual utiliza para descomponer y entender, para componer y crear)…

Dicho esto vuelvo a Jarmusch y a su último film Los límites del control. Para traducir a Jarmusch, uno tendría que sentarse con él a fumar cigarrillos y tomar café, y, al mismo tiempo, deleitarse imaginando zenitales (que no genitales, o también) de una mesa con tazas y cenicero. Lo mismo empezábamos a hablar de música, de literatura, de Rimbaud, Burroughs, flamenco, drone doom, doom metal y rock psicodélico, de Madrid, Almería y Sevilla, de graffitis y…; quizás nos enseñara su cuaderno cuajado de notas propias y referencias. Encontraríamos en él referencias ocultas a una sociedad americana desmitificada, a los extranjeros (extraños) que sin conocer el territorio ni el idioma consiguen por arte de magia comunicarse, a la necesidad y gusto por un vacío argumental -austeridad narrativa- poblado de referencias visuales…, a una especie de ojo ambulante…

Entre las referencias visuales de ese ojo ambulante en Los límites del control anoto una vista sobre Madrid de Antonio López (que surge de un precioso fundido encadenado entre la imagen real y la pintada), un instrumento musical de Juan Gris, una tela blanca y arrugada de Tàpies y una mujer desnuda de Roberto Fernández Balbuena. En todos los casos, el protagonista observa el cuadro antes del acontecimiento real al que se encuentra visualmente vinculado, pero en el caso de Tápies sucede al revés: primero una sábana arrugada que esconde mucho más que el cuadro (que tan solo presenta un artificio semicrucificado y forzado del paño blanco) y, después, el cuadro.

No dejan de ser tontunadas (estas sobre las pinturas del Reina Sofía y todos y cada uno de los planos del film, muchos de ellos muy pictóricos). Tontunadas que me dicen algo y, por lo tanto, me gustan. Sin más. No considero a Jarmusch como uno de los mejores directores de la historia, ni siquiera me gusta su cine… y acabo de decir que me gusta… Pero, ¿qué determina la experiencia?, ¿la oscilación que produce en el cuerpo?...

Aquí el trailer y un link a la BSO del film.

26/01/10

El diario ilustrado de Iván Solbes.


Iván lleva muchos años dedicándose a la ilustración y viviendo de ella. Ha colaborado con agencias, con periódicos, promotores de teatro y música,… Creo que ahora, que se regala el tiempo necesario para alimentar un diario, podemos participar vivamente en la génesis del proceso creativo y, sobre todo, de su propia visión del mundo ilustrada a pura tinta, mancha y trazo. Estos dibujos se sacuden, como los peces recién atrapados.

Percibimos, sentimos y la razón ordena. Y la huella en la memoria pesa toneladas, fuga al vacío, flota en el aire, segmenta, corta, separa, aísla, bailotea, se disfraza… Iván ilustra una reflexión personal y concisa. Y aunque se piense con frecuencia que una imagen debe hablar por sí misma (algo que Iván defiende), considero que si se le añaden las palabras justas, se transforma en algo mucho más poderoso. En realidad, le recomendaría escribir los textos dentro de la imagen…

En su página http://www.ivansolbes.com/ Iván presenta un diario que puede seguirse desde su perfil profesional en Facebook.

Os animo a seguirlo.




No es un edificio derrumbado en Haití, es el tercer mundo. No ha sido un terremoto, fueron los países desarrollados.

Sherlock Holmes, Guy Ritchie (2009).


Un recuerdo mixto de aventuras detectivescas permanece en mi memoria. Antiguas historias de misterio y crimen, infinitas versiones de El perro de Baskerville, fotogramas de Basil Rathbone y Peter Cushing, relatos de Wilkie Collins, Gastón Leroux, Los crímenes del museo de cera (versión de André de Toth 1953)… Un recuerdo atrapado entre brumas de Londres victoriano.

El recuerdo se esfuma al observar el Londres que nos muestra Guy Ritchie, un Londres reconstruyéndose en plena expansión industrial, sin brumas ni misterios, maloliente, infectado y corrupto. Pero hay algo que desentierra mis recuerdos, algo en la ambientación permanece que resulta evocador, y no sé muy bien qué es. Siento como si ese algo fuera de mi propia cosecha. Imágenes que yo misma he creado al leer libros, no recuerdos de antiguas películas. O también; ahora mismo viene a mi memoria el Mary Reilly (1995) de Stephen Frears…

En definitiva, y aislándome de la obra de Conan Doyle, el film de Guy Ritchie me resulta interesante o, al menos, entretenido. Creo que resulta una más que digna recuperación del personaje. Holmes aparece, como redivivo, en un film absolutamente contemporáneo; un film de acción e intriga, bien ejecutado y con una banda sonora (una vez más) interesante. Debo decir que Robert Downey Jr es uno de mis actores predilectos, y creo que su interpretación es estupenda.

Pero sé que todo esto no es suficiente. Algunos considerarán que Ritchie ha hecho lo mejor que podía hacer para traernos a Holmes al presente: su film se dirige a un público joven en busca de secuelas. Otros, considerarán el film como una total y absoluta estupidez.

Mientras disfrutaba del film, han pasado por mi mente CSI, la amistad entre House y Wilson, David Niven (en particular, su personaje en La pantera rosa), Cary Grant (en Atrapa a un ladrón)… y muchas historias de superhéroes, o mejor dicho, antihéroes.

La única receta para disfrutar del film es, quizás, olvidarse de Holmes tanto como para que no molesten las escenas tipo Matrix... Algún comentario que he leído por ahí dice así: Ritchie vence al detective clásico por un K.O. pirotécnico… ja, ja… Yo a esto añadiría que a todo aquel que le molestara el Drácula de Coppola, le molestará el Holmes de Ritchie. No tiene nada que ver lo uno con lo otro pero yo me entiendo.

Como no, hay muchas cosas del film que me disgustan: secuencias de acción “aceleradas” que eliminaría por completo y, en particular, una escena deleznable, la de la explosión en la que Holmes huye a cámara lenta…; bochornosa. Tampoco me gusta su simple guión que me quita las ganas de un segundo visionado. Y esto es muy importante, ya que las buenas pelis de intriga y misterio, se pueden ver miles de veces. Me comenta un amigo que esto es así porque los personajes están al servicio de la trama, y no al revés (como quizás suceda aquí)… En fin, demasiados detalles para un conjunto respetable a vista en piloto automático.

Recomiendo su versión original.

Web oficial y trailer aquí.

22/01/10

Arte, mitos, y más Coetzee.


Continúo leyendo a Coetzee. Mecanismos internos tiene, como casi todos los libros, algún comentario/argumento en la contra que, supuestamente, invita a la compra: “Crítica del más alto orden” (The independent), leemos en este caso.

¿Crítica?... Pues debe ser que no sé yo muy bien lo que significa “crítica” ya que la forma fría y precisa que tiene Coetzee de aproximarse a la “vida” (con los “fenómenos” adyacentes que la determinan y que la hacen imprevisible) de los escritores que inician la novela, su retrato en el contexto del libro o los libros específicos analizados: sus conocimientos, movimientos, lenguajes, ideologías, experiencias..., me parece cualquier cosa menos una crítica al uso.

Coetzee -siempre- parece estar al margen de aquello que nos cuenta; tan imperceptible es su presencia. Por esta razón resulta sorprendente y fascinante que, escribiendo como escribe, arrope como una manta, resulte tan gratificante su relato como el ligero e invariable sol de invierno que insinúa bienestar eterno, sin efusiones ni pasiones, sin afecto; tan solo con intención y persistencia en su búsqueda. Al igual que un científico que analiza cuidadosamente y con minucia su objeto, de la misma forma se expone al mismo. Parece estar al margen pero anda muy dentro de sí mismo y de aquello que le preocupa. Sin engañar a nadie.

En definitiva, aquí va otro fragmento de esta recopilación de ensayos (que por sí mismo no ilustra nada de lo que he escrito antes), esta vez sobre Bruno Schulz. Una de tantas aproximaciones al sentido y significado u objeto del arte.

“En cuanto al significado más profundo de Las tiendas de color canela, dice Schulz, por lo general no es bueno que un escritor someta su texto a un análisis demasiado racional. Es como exigirles a los actores que dejen caer sus máscaras: arruina la obra. “El cordón umbilical que une la obra de arte a la totalidad de nuestra problemática no ha sido cortado, la sangre del misterio continúa circulando ahí libremente, venas y arterias van a perderse en la noche circundante para volver a regresar, cargadas de fluido tenebroso”.

De todas maneras, si se viera obligado a hacer una exposición, Schulz diría que el libro presenta una determinada visión primitiva y vitalista del mundo, en el que la materia se encuentra en un constante estado de fermentación y germinación. No hay tal cosa como la materia muerta, y la materia tampoco mantiene una forma fija. “La realidad solo asume ciertas formas de apariencia; es para ella una broma, una simple diversión. Se es hombre o cucaracha, pero esta forma no alcanza al ser en profundidad, no es más que un papel momentáneo, una especie de corteza superficial de la que uno se desembaraza un instante después (…). Esa errancia de las formas es la esencia misma de la vida”. De ahí esa “especie de ironía universal” que hay en el mundo: “La ironía es inherente al mismo hecho de existir en tanto que individuo: es una farsa en la que uno se deja coger”.

Schultz no siente que tenga que dar una justificación ética de esta visión del mundo. Las tiendas de color canela, en particular, se mueve en un territorio que está a una profundidad “anterior a la moral”. El papel del arte “es ser una sonda arrojada en ese abismo que no tiene nombre. En cuanto al artista, es un aparato encargado de registrar los procesos que tienen lugar en las profundidades, ahí donde nacen los valores”. Sin embargo admite, en un nivel personal, que las historias surgen de -y representan- “mi manera de vivir, mi destino particular”, un destino marcado por “una profunda soledad, una vida radicalmente apartada de lo cotidiano”.

18/01/10

Avatar en cueros.

Si Cameron comercializa el making off, se forra… Ja, ja…

Más sobre Avatar

Tan solo una anotación a mi post del día 30 después de haber acudido de nuevo a la sala para ver Avatar, esta vez en 2D.

Escribí entonces que las gafas me sobraban mientras veía el film en 3D (sentía querer disfrutar de unos colores que se perdían bastante con ellas); también en el blog de Tomás Fernández Valentí añadí que muy probablemente todo lo que Avatar tiene que decir, lo diría en 2D. Bien, pues no. Error. Ahora puedo afirmar que la “experiencia” Avatar es y debe ser sin duda alguna en 3D porque está pensada para que el espectador viva, de alguna forma, un momento cinematográfico extraordinario -similar al que podía vivirse con Titanic- y pensar que en manos de este hombre la tecnología funciona a la perfección como coadyuvante (la palabra en su acepción química). Sin este potenciador, Avatar resulta (sobre todo en algunos momentos de la primera hora de metraje) una avalancha de imágenes que parecen aplastadas sobre la pantalla.

También, como corolario a todos los mensajes negativos que está teniendo el film en circuitos “cinéfilos”, una parte del comentario (por lo demás, muy negativo) de Xavi Torrents para la revista Fantastique:

“Es imposible no reconocerlo: Avatar es un espectáculo increíble, absolutamente magnánimo en su factura visual. Desde el primer minuto hasta el último la película nos propone un viaje de fantasía por paisajes imposibles, bellos y emocionantes, con seres y animales desconocidos y sorprendentes; una aventura para nuestra mirada. Todo ello es el resultado del extenuante trabajo que se ha llevado a cabo en el terreno de los efectos digitales de última generación: ya es realmente imposible quejarnos a mitad de película porque a los Na’vi se les note que están creados por ordenador. Eso no ocurre en absoluto. El personaje de Neytiri (una notable Zoe Saldana) es un ser que ante nuestros ojos se presenta como real, la perfecta apuración en el efecto del personaje nos aleja de la posibilidad de ver algún fallo en su diseño, es un sujeto tan real como la doctora Grace (una Sigourney Weaver que regresa con fuerza) o el coronel Quaritch (un Stephen Lang muy pasado de vueltas). Las secuencias de las montañas flotantes, el primer vuelo de Jake Sully junto a Neytiri o la primera noche en el árbol de las almas son momentos de una espectacularidad técnica nunca antes vista en un film; Cameron consigue tener éxito con sus cámaras de nueva generación y su nueva filosofía del estereoscopiado, del 3D. Sí, el planeta Pandora es una maravilla, yo mismo iría de viaje si pudiese, pero ahí acaba Avatar”

Para mí, razón suficiente para considerar Avatar como uno de los mejores films del año, ya que no me molesta en absoluto todo lo que parece molestar al resto.

Finalizando, y ya que el personal empieza a jugar haciendo listas sobre los mejores films del 2009, aquí van los míos teniendo en cuenta que no he visto ni el 30% de lo que en otras circunstancias habría consumido, y que casi el 100% de lo visto es cine para el gran público.

Mis mejores:
Gran Torino (ídem, 2008), de Clint Eastwood.
El luchador (The Wrestler, 2008), de Darren Aronofsky.
Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008), de Hayao Miyazaki.
Anticristo (Antichrist, 2008), de Lars von Trier.
Avatar (ídem, 2009), de James Cameron.
Un tipo serio (A serious man, 2009) de Joel y Ethan Coen.

13/01/10

Desvergüenza


Llevo un tiempo leyendo cosas que no me provocan. Ningún agujero en el camino para colar mi pie accidentalmente y dislocarlo. Ausencia de dolor y excitación.

Pero justo a tiempo -y en ese momento en el que ya ni lluvia, nieve, resto de precipitaciones y movimientos de aire congelado invita a mi cuerpo a transformarse en coctelera- aparece Coetzee (bueno, no aparece, yo misma elegí el librito) para animarme la vida un poco.

En estos momentos leo Mecanismos internos (Ensayos 2000-2005), obra que recopila reseñas de libros e introducciones literarias del profesor de literatura en la Universidad del Cabo, traductor, lingüista y crítico literario… además de escritor y Premio Nobel de Literatura en 2003. Es una muestra de la propia voz de Coetzee y de una esperanza: que esta voz arroje luz sobre la obra de los autores. Pero no cualquier luz….

Tan sólo he leído el capítulo sobre Italo Svevo (soberbio), y comienzo el de Robert Walser del cual dejo el inicio. Y sobran las palabras.

El día de Navidad de 1956, la policía de la ciudad de Herisau, al este de Suiza, recibió una llamada: unos niños se habían tropezado con el cuerpo de un hombre muerto por congelación en un campo nevado. Cuando llegó a la escena, la policía primero tomó fotografías, luego retiró el cuerpo.

El difunto no tardó en ser identificado: era Robert Walser, de setenta y ocho años de edad, que había desaparecido de un hospital mental de la zona. En su juventud, Walser se había forjado una cierta reputación, en Suiza y también en Alemania, como escritor. Algunos de sus libros todavía estaban en catálogo; alguien, incluso, había publicado un libro sobre él, una biografía. Sin embargo, durante el cuarto de siglo que había pasado en instituciones psiquiátricas, su propia escritura se había agotado. Dar largos paseos por el campo -como aquel durante el cual murió- había pasado a ser su principal entretenimiento.

Las fotografías de la policía mostraban a un anciano ataviado con un abrigo largo y botas, despatarrado sobre la nieve, los ojos totalmente abiertos, la mandíbula floja. Estas fotografías se han reproducido amplia (y desvergonzadamente) en la literatura crítica sobre Walser que ha florecido desde la década de 1960. La denominada “locura” de Walser, su solitaria muerte y el tesoro de escritos secretos descubiertos después de su fallecimiento se convirtieron en los pilares sobre los cuales se erigió la leyenda de Walser como un genio escandalosamente olvidado. Incluso el creciente interés por Walser se convirtió en parte del escándalo.

“Me pregunto -escribió Elias Canetti en 1973- si entre todos aquellos que construyen su ociosa, segura, rígida y regular vida académica sobre la de un escritor que había vivido en la angustia y la desesperación, hay alguno que se avergüence de sí mismo.”